Dialéctica Iluminada, Dialéctica Cínica

 

La Ética condiciona la Sabiduría. La Sabiduría condiciona la Verdad. La Verdad condiciona la Libertad.

El cinismo es una de las manifestaciones más radicales de la filosofía y también de las más incomprendidas. Los cínicos consideran que la forma de vivir es parte fundamental de la filosofía e inseparable de su manera de pensar. En el cinismo la hipocresía, la falsedad y la impostura no entran.

El término cínico es uno de esos términos que han ido perdiendo su significado original y transformándose en otro distinto al que tuvo en sus orígenes. Tanto es así que hay algunas propuestas para usar los términos quínico o kínico, con el fin de diferenciar claramente el concepto de cínico en su sentido original del que se usa hoy en día, es decir, diferenciar en concepto de cínico en sentido filosófico, de su sentido popular, poco más que un insulto.

El cinismo es una filosofía teórica, práctica y también una forma de vida. Es una filosofía que pretende alcanzar la felicidad mediante la sabiduría y la ascesis.

Uno de los rasgos que diferencia al cinismo de otros movimientos es precisamente la importancia que dan a la ascesis, la práctica continua del ejercicio mental y físico, como camino para conseguir un estado de ánimo apropiado para alcanzar la autosuficiencia, que les libere de los imprevistos y les endurezca para permanecer impasibles ante “adversarios existenciales” como el hambre, el frío o la pobreza, que no dependen de ellos.

Los tres rasgos básicos de los cínicos son la Adiaforía, la Anaideia y la Parrhesía. Las tres pivotan sobre la sabiduría, por tanto, sobre la verdad, la ética y la ecuanimidad.

Adiaforía, del griego ἀδιάφορα “indiferente a las cosas”, es el ideal moral de superior serenidad e indiferencia hacia cualquier evento de la vida.

Anaideia (α- como partícula privativa y aidos, modestia o reverencia) es una palabra griega cuyo significado es arrogancia o irreverencia.

Parrhesía, del griego παρρησία (παν = todo + ρησις / ρημα = locución / discurso) que significa literalmente «decirlo todo». La parrhesía es el discurso en el cual uno habla abierta y sinceramente acerca de sí mismo o las propias opiniones sin recurrir a la retórica, la manipulación o la generalización. El que practica la parrhesía (parrhesiastes) no es sólo sincero… sino que dice también la verdad, donde la verdad es lo racionalmente innegable.

Todo lo que puede ser puesto en duda, debe ser puesto en duda. Así cualquier discurso que no es criticado no tiene por qué tener ninguna relación válida con la verdad. En cambio, el parrhesiastés dice la verdad porque él sabe que se trata de la verdad, y sabe que es verdad porque realmente es verdad.

Paralelamente el parrhesiastés sostiene una relación creíble hacia la verdad, su posesión de la verdad está garantizada por sus cualidades morales; a la vez que es un crítico de sí mismo, o de la opinión popular o de la cultura.

Revelar la verdad lo coloca en una posición de peligro pero insiste en hablar de la verdad, pues considera que es su obligación moral, social y política. Más aún, quien practica la parrhesía debe estar en una posición social más débil que aquéllos a quienes se las revela.

Por ejemplo, un pupilo «cantándole las verdades» a su maestro sería un ejemplo preciso de parrhesía, mientras que un maestro que le dice la verdad a su pupilo, no.

La parrhesía le permite al sabio relacionarse con el discípulo de manera que éste se modificase por sí mismo y se convirtiese en un sujeto de verdad. De esta forma ni se controla al discípulo ni se le impone la verdad. Simplemente se usa la verdad subjetivada del maestro para que sirva de estímulo al discípulo para que adquiera el conocimiento por sí mismo.

Es muy importante el trabajo de interpelar al otro para que éste diga la verdad sobre sí mismo, motivado por el hablar franco de aquel que lo exhorta. Dentro de los parámetros importantes para que pueda darse la parrhesía, es necesario que exista una relación entre la verdad y el sujeto que predica dicha verdad, y que se encuentre presente en el parrhesiastés el coraje de interpelar al otro, con lo que se corre el riesgo de finalizar el vínculo necesario para continuar su discurso. La parrhesía no sólo arriesga la relación establecida entre quien habla y la persona a quien se dirige la verdad, también peligra en un momento determinado la vida del que habla. Este riesgo sin embargo es asumido, puesto que la parrhesía es considerada una actitud, una manera de ser y de vivir que debe conducir a la virtud, y que por supuesto no sería posible sin la exaltación del rol de quien exhorta a los otros a decir la verdad.

 

La Escuela Cínica y sus performances.

El comportamiento ético de los cínicos -bastarse a sí mismo- y su rigurosa disciplina física y mental. Los animales tienen pocas necesidades y se adaptan rápidamente a la situación en que se encuentran. El ideario cínico clásico considera que para alcanzar la felicidad es necesario la libertad, la autosuficiencia y el desapego.

Los cínicos no están dispuestos a conceder que la felicidad dependa de cuestiones ajenas a sí mismos, la libertad está en el centro de la forma de pensar cínica, tanto la libertad de acción como la de expresión.

Otra de las características del sabio cínico es el desprecio por el placer, el lujo y la ostentación. A través de este desacato al imperio de la sociedad del ‘bienestar” se conquista una independencia existencial y política, donde el individuo cínico no reconoce más normas que las de la propia naturaleza.

El cinismo se constituye como una cáustica mirada a la neurosis y la alienación del emplazamiento humano en la urbe congestionada, frente a lo cual sólo cabe, el retorno a la naturaleza, el retorno a nuestras pulsiones originarias en las que el hombre deviene animal; donde el fetiche de la mercancía, incluso cuando este asume la forma de obra de arte, entendido como objeto mercantil, de transa bursátil, es un dios que no merece ser adorado.

El rechazo del lujo por parte de los cínicos se fundamenta en que se compra a base de sumisión en todas las facetas de la vida, en cambio, la renuncia es recompensada con un bien mayor, la sabiduría práctica y la virtud.

Seguir dietas sencillas y un vestir simple caracterizaron a estos primeros minimalistas.

Utilizaron recursos expresivos diversos donde no faltan la parodia, o la sátira, siempre cuestionadora del establishment. Realizaron las primeras performances. Invalidando la moneda o los valores de cambio en curso. Según la tradición, Diógenes se vio obligado a abandonar Sinope, porque con su padre se dedicaron a invalidar monedas, estropeándolas con un punzón. Desterrado de su ciudad natal, tomó el hecho con su ironía habitual: “Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse”.

Relacionado con este asunto se formó la leyenda de que Diógenes fue a consultar al oráculo de Delfos, y recibió como respuesta a su pregunta el enigmático consejo de invalidar la moneda, que se acabó convirtiendo en la consigna cínica, y en metáfora de buena parte de su comportamiento. Lo cual podría ser considerado un antecedente lejano de la importante consigna nietzscheana sobre la transmutación de los valores.

El cinismo es, pues, un movimiento que trata de despertar, de escandalizar, de develar que lo que se cree normas inamovibles y universales no lo son, sino que estas son meras convenciones sociales, convenios, modas e intereses económicos, muchas veces producto de la más rancia tradición o producto de un consenso minoritario que oprime a las mayorías.

Los cínicos se proclamaban cosmopolitas y rechazaban cualquier tipo de pertenencia, liberados de cualquier obediencia a las instituciones, convenciones o leyes, se consideraban ciudadanos del mundo. En cualquier sitio se encontraban en su casa.

Excepto en el recurso a las performances, el resto de las características que hemos visto están en la dialéctica del Buddha: la verdad, la ecuanimidad, la transformación del discípulo en el discípulo, vivir conforme a como se piensa, la indiferencia hacia las cosas, hacia los lujos y la arrogancia. El Buddha nunca mintió con la excusa de no molestar, de no perturbar, de respetar.

En un mundo de mentira, hecho de mentiras, mentiras que se visten de respeto, de urbanidad de educación, un perro orinando sobre su dueño, o un cínico escupiendo sobre la cara de su anfitrión resultan una brisa de aire fresco en esta atmósfera asfixiante.

“Muerdo a mis amigos para salvarlos” (Diógenes)

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Nimius dice:

    Hola, muy bueno el articulo, quiero creer que el de la foto es alguien cualquiera porque tiene un cara de perejil que mata.

    Me gusta

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