La Pérfida Felicidad

 

Tontos y necios pasan ciclotímicamente su miserable vida en un carrusel de felicidad e infelicidad, con el sufrimiento firmemente asentado dominando el panorama. Suben alegres, bajan tristes. Cuando están abajo solo desean subir, cuando suben les horroriza bajar. Cuando bajan se desesperan.

Así una y otra vez. Cada minuto de cada hora de cada día de cada semana de cada mes de cada año de toda su vida.

Hay que ser no ya tonto, sino estúpido, para no darse cuenta de que ni no subes nunca vas a bajar.  Pero la estupidez es infinita en cantidad y, sobre todo, en calidad.

¿En que no te das cuenta que el deseo te atrapa porque te compra con una migajilla de felicidad? Esos momentos en los que deseas lo que no tienes, que lo tienes entre los dedos, sirve para que el Deseo te compre pagando en felicidad y él a su vez te venda como esclavo a su hijo, el Sufrimiento.

Y eso, una y otra vez, miles de veces al día, millones al año. Y sigues y sigues cayendo. Millones de veces.

¡Hay que ser estúpido!

Y hay quien sigue proclamando que el fin de la vida es la felicidad, y tú lo crees firmemente y lo proclamas al viento para que todos te aprueben, pero…  ¿no escuchas detrás de ti unas carcajadas nada disimuladas?

Adivina quien se ríe. Sí, es tu Sufrimiento que goza de una extraordinaria salud.

-Sigue así, ja ja ja ja!, y tendré contigo un esclavo bien rentable. ¿Te doy ideas? Prueba a ser compasivo, cambia tus bienes, tu tiempo, tus capacidades por felicidad… y así serás pobre y sufriente. 2×1! ¡Bueno, que ya eres estúpido… 3×1!  Nunca estuve tan bien gratificado. Contigo da gusto.

La única felicidad a la que un humano puede llegar sin pagar con su vida por ella es la que surge de la reclusión, de la concentración. Puedes ser feliz sin nada, a cambio de nada. Feliz totalmente. Feliz totalmente gratis.

Y eso se hace con Jhānas.

Pero nadie, ninguno que esté mínimamente realizado quiere la felicidad para nada. Te contarán que es lo primero que se pierde por al cruzar el río. La corriente se lleva tu felicidad para siempre. ¿Quién necesita caramelillos envenenados?

Nadie no. Tú sí. ¿A que sí?

A ver, repite conmigo: “LA FELICIDAD NO ES ÉTICA”…

Cópialo mil veces, a ver si así…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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