El Mito del Siglo XXI

Mientras que el Mito del Siglo XX fue el de la raza, el mito del siglo XXI es el dinero. Y como todo mito es una mentira de tamaño sideral. Se organiza la economía de los países bajo el axioma de que el dinero es valor y que crear dinero es crear valor, cuando en realidad, es justamente lo contrario.

Como los tahúres, los bancos centrales han sustituido el ahorro por deuda, con la peregrina idea de que ese dinero puesto a funcionar tiene que dar para generar los intereses que produce su propia generación. Y el absurdo es que ese dinero no pare, que el dinero para pagar esos intereses debe venir del dinero existente o bien, lo que es más aberrante, generar más dinero para pagar los intereses del dinero emitido con antelación, lo que nos lleva a un bucle infinito.

Esto que es evidente, no lo es para las autoridades monetarias, felices de dar patadas para adelante, quitándose el mochuelo de encima y esperando que lo resuelva el que venga.

Y como todo, todo de todo, esto tiene consecuencias. Y las consecuencias se llaman crisis que sirven para reajustar, a cambio de sufrimiento, las cuentas amañadas.

La crisis del 2008 se “resolvió” a base de dinero. De dinero que se imprimió de la nada, para resolver los agujeros negros que provocaron las entidades financieras con sus juegos tramposos. La crisis se llevó por delante la riqueza de muchos países y los sumió en una economía de subsistencia. Viendo que la economía seguía en recesión, todo lo que se les ocurre a los bancos centrales es implementar una expansión cuantitativa a la vez que se compran deuda tanto de los estados como de empresas.

El resultado no es otro que lograr que no mueran, ni los estados ni muchas empresas. Pero que no mueran no significa que estén vivos, lograron zombificarlos y hoy tenemos muchas empresas que existen por el dinero gratis y estados fallidos que siguen funcionando por el gotero en vena del dinero de los bancos centrales.

Cuando se planteó, se pensaron dos opciones, regalar el dinero entre todos y cada uno de los ciudadanos (que sería lo justo), o bien, dársela a los ricos y que ellos lo repartan entre todo el mundo.

La primera opción, aunque justa, es pan para hoy y hambre para mañana, porque dando dinero a todo el mundo lo que se hace es crear inflación. La riqueza es la misma, pero hay más dinero, por lo que el dinero vale menos: inflación. Así perderían más los que más dinero tienen, y los bancos centrales no están para perjudicar a los ricos. Estaría bueno.

Considerando que la segunda opción era más lógica (para su lógica), optaron por inyectar dinero en activos, especialmente en ladrillo y en bolsa.

Como si de tahúres de feria se tratara, usaron actores a los cuales se les dio el dinero para que jugaran en esos sectores, de forma que hicieran que los precios subieran. Era la intención declarada y lo lograron. Mientras los precios de la vivienda y los alquileres se iban por las nubes y la bolsa daba máximos históricos, dopada con el dinero de todos, la inflación se mantenía en mínimos.

Pero no es verdad.

La vivienda no entra en los cálculos de inflación, por lo que inflar el ladrillo no aparece en las estadísticas, pero sí que les duele a los ciudadanos del común que no han recibido ni un chavo del dinero y les toca pagar del doble o más por el piso que tienen en alquiler. Y es tragicómico que siendo la vivienda el principal gasto de una familia, en alquiler o compra, no aparezca en la “canasta básica” o en los indicadores de inflación.

Hincharon los mercados a base de deuda y éstos reaccionaron al alza, por el efecto multiplicador. Las acciones que se negocian son una pequeña parte de todas las que existen, y metiendo dinero a las que se negocian, se hace valer más a todas.

Con ello, se benefició a quienes tenían valores, es decir, a los ricos.

Y, como estaba previsto, los ricos durante la crisis han batido récords de riqueza y se han sentido bendecidos por Dios porque les llega el dinero milagrosamente mientras que los ciudadanos están sumidos en la pobreza, recortando salarios, derechos y asistencia sanitaria.

Y los ricos, con esa tendencia que tienen a almacenar su dinero en almacenes, o en obras de arte, o en cualquier cosa que no les de más problemas (mil millones de pesetas son mil millones de problemas) han absorbido la billonada de la expansión cuantitativa y la han colocado en paraísos fiscales o en cualquier sitio fuera del alcance del fisco.

Hasta aquí todo es maravilloso.

Solo que hay un problema. A más dinero, más deuda. Pero, además, a más dinero gratis más empresas zombis. Y más estados zombis.

Si nos fijamos bien, esto es un esquema Ponzi. El dinero nuevo solo beneficia a los primeros en usarlo y, cuando llega debajo de la pirámide no solo no vale, sino que logra que no valga ni siquiera el dinero que tienen los de abajo. El de arriba compra los departamentos y se los renta a los de abajo. A más dinero de banco central, más departamentos para los ricos y rentas más altas para los demás.

Y, por definición, los esquemas Ponzi no se pueden invertir. Son una carrera loca hacia el desastre. Y cuanto más se corre, mayor es el desastre. Como el que va en una moto desbocada que cada vez va más deprisa. Cuanto más se tarde en tirarse en marcha, el golpe será mayor. Pero seguir en la moto significa que se corre el riesgo de que estalle y ya no hablamos de golpe sino de muerte.

La muerte tiene otro nombre, hiperinflación, eso que tanto critican de Venezuela o que tan bien conocen los argentinos.

Es lo que tiene echar dinero sin control.

Ahora, en este mismo momento, los bancos centrales tienen que parar esta locura. Y la forma de hacerlo es doble, por un lado, dejar de comprar deuda y subir los tipos de interés. Así ya no se sigue pagando deuda vieja con deuda nueva más intereses.

Pero…

Si se hace esto, empezarán a caer empresas zombis, que a día de hoy son muchas y muy estratégicas. Su caída puede llevarse por delante la economía de los países. Y ya no digamos las deudas astronómicas de los estados. Si no se les compra la deuda que emiten, tiene que ir al mercado a que se la compren, lo que hace que su interés suba, y al subir el interés su capacidad de pago disminuye exponencialmente, lo que se “remedia” con la prima de riesgo, que pone el pago de los intereses de la deuda, prioritario a cualquier otro gasto público, como agujero negro de las finanzas estatales, tragándose el presupuesto y dejando a los países en la quiebra.

Las estafas Ponzi no se pueden revertir.

Al final, lo de siempre, las economías a la mierda y a socializar las pérdidas. Que los pobres paguen los excesos de los bancos centrales y sus amigos los ricos.

Pero esta vez, el dolor será terrible.

A ver si de ésta, se acaba ya con los bancos centrales, conocidos también por su otro nombre: Satanás.

Feliz año nuevo.

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