De Clientes y Parásitos

No se puede entender el conjunto de las sociedades humanas sin la presencia, prácticamente universal (salvo alguna honrosa excepción como la antigua cultura bosquimana del Kalahari) de la figura del cliente y del parásito.

Las primitivas civilizaciones humanas se basaron inicialmente en la figura del “hombre importante” que era aquel que trataba de destacar del resto de la tribu o clan por su altruismo, lo que le reportaba alguna clase de prestigio a costa de aportar bienes materiales.

Este principio básico, el del patrón que provee los bienes tangibles y el del cliente que recibe a cambio obediencia, constituye la base de la mayor parte de las relaciones humanas. Son relaciones asimétricas donde el patrón está siempre por encima del cliente. Ejemplos los tenemos por todas partes:

  • La familia, donde el padre (o la madre) es el patrón y los hijos los clientes. Los progenitores aportan bienes a cambio del amor y, sobre todo, de la obediencia,
  • Las relaciones maestro-discípulo,
  • Las relaciones empleador-empleado,
  • Las del general con sus tropas,
  • Las de una nación conquistada con su metrópolis,
  • Las relaciones gobernante-gobernado, etc.

Es evidente que en una sociedad igualitaria los clientes no tienen por qué existir, y si no existen clientes no hay patrones. El patronazgo está condicionado, por tanto, por la existencia de los clientes.

Aunque las relaciones clientelares son la traslación de las relaciones tribales en un medio urbano extendido, su formalización se remonta al imperio romano, donde se legisló acerca de ellas. Incluso se dice que el mismo fundador de Roma, Rómulo, con el objetivo de fomentar los vínculos entre patricios y plebeyos, de manera que los clientes pudieran vivir sin envidia y los patronos sin faltas al respeto que se deben a un superior.

Cliente proviene del latín cluere que significa acatar u obedecer. Denomina a un hombre libre que se ponía bajo el patrocinium de un patronus de rango socioeconómico superior. Cuantos más clientes tuviera un patrón, a más dignitas accedía un romano que pretendiera ser importante.

Aquí vemos que el hombre importante se rodea de clientes para poder serlo. Se convierte de esta forma en el jefe de su propia tribu. Cuanto más grande y fuerte sea la tribu (eso dependerá del número y calidad de los clientes) más poder tendrá el patrón.

Hay que dejar claro que estamos hablando de relaciones entre hombres libres. Debajo de esta estructura social estaban los esclavos, en su mayoría propiedad del patrón, que constituían una mano de obra sin salario, fuente de la riqueza que se distribuía del patrón a los clientes.

Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides “lealtad” y pietas “devoción” por parte del cliente​). Como consistían en acuerdos privados, quedaban fuera del control estatal; pero se consideraban una mos maiorum (“costumbre ancestral”) y un vínculo de orden religioso, que incluía la dependencia al patrón para la consulta de los auspicia y las ofrendas a los lares. La Ley de las Doce Tablas (449 a. C., aunque recoge tradiciones orales muy anteriores) declara sacer​ («maldito», expuesto a la cólera de los dioses) al patrón que defrauda la lealtad de su cliente. A partir de esta ley, los clientes llevaban como segundo nombre el de la gens de su patrón.

La relación también tenía fuertes consecuencias jurídicas, puesto que no se permitía a patrones y clientes demandarse ante los tribunales ni testificar uno contra otro, y debían abstenerse de cualquier tipo de injurias entre ellos. También tenía consecuencias militares, estando obligado el cliente a acompañar al patrón a la guerra y a contribuir a su rescate de ser necesario.

Comenzó como una relación semilaboral que dejó de existir en tiempos de la República. A partir de ahí la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano —comicios romanos—), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.

La domus o casa familiar romana incluía una habitación a la entrada que permitía acoger a los clientes; y según el rango se permitía el acceso a espacios más privados (los más humildes se quedaban en la entrada, como en los cortijos extremeños). Cuantos más clientes esperaran cada mañana a la entrada de la casa, mayor era el prestigio de una familia.

Había tres clases de clientes: los que vienen a saludarte a tu casa, los que llevas al foro y los que te siguen a todas partes. Era aconsejable acordar un precio a la exclusividad de los primeros, para evitar el abuso frecuente que suponía que algunos clientes acudieran a saludar a varios patrones distintos el mismo día; también se aconsejaba llevar tantos como se pueda al foro, porque el número de clientes que acompaña a un candidato determina su reputación, en una situación similar al líder político y su bancada de diputados que le siguen a todas partes.

Los caprichos extravagantes de los patronos, y la adulación y el servilismo de los clientes, podían llegar a extremos ridículos, como denunciaron Petronio,24​ Juvenal25​ y otros satíricos (no pocos de ellos, como muchos otros literatos romanos, también clientes protegidos precisamente por esa condición -véase mecenazgo-).

Con la palabra latina parasitus (en español “parásito”), proveniente de la griega παράσιτος (parásitos, “comensal”), se designaba peyorativamente a los clientes considerados como vagos que vivían a costa de sus patronos.

Este estatus, el de parásito, será al que opten en muchas sociedades herederas de Roma, todos aquellos que, a cambio de adulación, quieran ganarse la vida sin trabajar ni contribuir, a costa del patrón y, en última instancia, de los esclavos del patrón.

Debemos fijarnos en esta figura fundamental, la del parásito. Su existencia y proliferación hará la diferencia entre modelos de estado y gobierno y determinará, por último, las estructuras sociales y económicas a lo largo del tiempo.

La relación clientelar en la vida social y política romana fue decayendo desde el siglo II a. C. para casi desaparecer en la época imperial, pero renació con fuerza después de la caída del Imperio Romano.

Cuando colapsó la vida urbana al ser destruidas las ciudades, la gente se volvió al campo, donde se volvió a establecer las relaciones clientelares que, poco a poco, derivarían en las relaciones feudales. El patrón pasó a ser el señor, los clientes sus vasallos y los esclavos, siervos.

En ese estado de cosas, el poder estaba en los señores llamados “nobles”. La iglesia copió este esquema, y los patronos eran los obispos y los frailes los clientes. Por encima de los nobles, estaba la figura del rey que, en el inicio era electa entre la nobleza, igual que el Papa, que era electo entre los cardenales. Pasó con el tiempo a ser hereditaria, pero no en la Iglesia porque los hijos de los Papas no podían ser reconocidos como tales.

Sin ser noble, o heredero de noble, la forma de escapar de la maldición del trabajo era el vasallaje o ingresar en la religión. Y, una vez dentro, optimizar su situación convirtiéndose en parásito.

Si desnudas a un noble o patrón, a un vasallo o cliente y a un siervo o esclavo, no verás diferencia alguna. Son relaciones sociales basadas en relaciones de fuerza tribales que se transforman en relaciones legales usando la mentira, al convenir entre los que les conviene, quien es superior y quien inferior. Para lo que es crucial el apoyo de los parásitos, puesto que, sin ellos, los siervos asesinarían a su amo.

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