La Estructura de la Realidad (XIV)

Las emociones, la concepción errónea del libre albedrío y los conceptos del bien y del mal son formas en las que se constata cómo actúa la ignorancia.

Si nos ponemos desde la perspectiva real, tenemos a un observador coagulando una realidad fija, sin capacidad de variarla. Las emociones así no tienen sentido. No hace falta fuerza motivadora ni disuasoria. Las emociones no dan una pauta a seguir, no son elementos apriorísticos que determinen o al menos condicionen una conducta. Tampoco los ideales del bien y del mal.

Lo del bien y el mal son conceptos que se caen por su propio absurdo.

¿Qué es el bien?

Podemos decir que sería aquel conjunto de conductas que depara consecuencias agradables. Igual podemos decir del mal, salvo que depararía consecuencias desagradables. Pero, como hemos visto, las condiciones son eternas y su capacidad de generar consecuencias es ilimitada. Una condición que está provocando algo bueno, en el futuro provocará cosas malas, buenas, regulares… y no solo ella, sino las mismas causas que da lugar que son, a su vez, nuevas condiciones.

Lo bueno sería aquello que produce un bien y para, ya no da más consecuencias, pero lo de “parar” es algo inconcebible. El kamma no da un fruto y para ahí. Sigue y sigue a través de ella misma y sus frutos.
Podemos poner un ejemplo:

Consideramos bueno ganar la lotería. Eso produce un aumento de la riqueza. Pues bien, la mayoría de los ganadores de lotería han acabado con sus vidas destrozadas en el plazo de 5 años. De igual forma, perderlo todo nos lleva a una situación de crisis que es la que puede provocar una verdadera revolución personal que puede llevar a mejorar en todo habiéndose librado de los impedimentos que en la antigua situación impedían este crecimiento.
Y así.

Es más habitual de lo que parece que las acciones “buenas” provoquen males evidentes. Por ejemplo, conocido es que prestar dinero a un amigo lleva a perder el dinero y el amigo. Se sufre mucho más por las obras “bondadosas” que por ninguna otra.

Actuar “bondadosamente” en aras de un bien superior, es dejarlo todo a un concepto por el que, de nuevo, se disfraza la ignorancia.

Actuar “bondadosamente” porque así “me siento bien”, de nuevo, es dejarlo a las reacciones bioquímicas del cerebro que nada puede saber de consecuencias. Es otra forma de ignorancia: las emociones.

Con lo fácil que es despejar la ignorancia. Ser consciente del viaje y mirar, solo mirar y no montarse una película de que uno es actor en lugar de simple observador de la realidad. Y que esa realidad está ahí esperando a crearse solo porque la estamos viendo.

Lo primero, es despegarse de las emociones y verlas como lo que son, reacciones ancestrales de un cerebro que lucha por su supervivencia y replicación sin que sepa nada de la computación de las casi infinitas combinaciones que dan lugar a la siguiente escena. Confiar en las emociones es confiar en un sordociego para que dirija la conducción de un coche.

Lo siguiente, es darse cuenta de que no hay un “yo” ahí, que no hay un personaje con capacidad de decidir con la libertad de los dioses. Solo hay observación detrás de un cristal, donde solo se puede mirar que pasa. Igual que más observadores están mirando esta escena en el futuro y en el pasado, porque no hay ni futuro ni pasado. Todas están fijas en un ahora infinito.

Y, por supuesto, no preestablecer lo que es “bueno” y lo que es “malo”.

¿Para qué?

Sabremos que algo fue bueno para algo, después de que suceda ese algo. Hasta ahí. En el momento siguiente será bueno o malo o nada de eso, para otro efecto.

Crear apegos o aversiones es totalmente ridículo.

Sufrir por vivir, es como el gato que mientras mira la lluvia por una ventana, sufre porque no consigue que no se moje su arenero.

Vivir así no es divertido, aunque la gente se lo tome como si fuera real y les pasara a ellos. Como si fueran pequeños dioses hijos de un gran dios con capacidad de decisión sobre el Samsara.

Ignorancia, ignorancia, supina ignorancia…

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