La Rendija

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Es una rendija tan pequeña, tan estrecha que para pasar por ella debes dejarlo todo, debes dejarte a ti. Es tan pequeña que no caben ni los conceptos. Ni las emociones. Ni las sensaciones.
Debes desnudarte de ti, de todo lo que te hace percibir, de namā, de rūpa, incluso de los amigos que haces fuera de tu morada, de los buenos compañeros que te guían y acompañan en esferas fuera de aquí y dentro de ti.
La rendija es tan pequeña, tan estrecha, que oír a locos diciendo que tienen grandes vehículos para pasar por aquí te hace reír y luego, al momento, pensar que nunca, nadie, ninguno de ellos ha llegado a la entrada de la rendija.
El gran vehículo por aquí no pasa. Ni siquiera pasa su nombre, no cuela.
Llegar a la rendija ha sido un viaje tan largo, tan largo viaje, que no te acuerdas ni siquiera si fue un viaje.
Llegas y observas. Recobras el aliento y piensas:
“Por la rendija no pasa ni la existencia, menos aún la vida”.

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