Un Día en la Cárcel

Ser bueno no es bueno, nada, en absoluto. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Aunque realmente ¿que se entiende por “buenas intenciones”?

Ya conocéis mi predilección por personajes como Angulimala, el asesino en serie que llevaba un collar con los dedos cortados de sus víctimas. Si de algo estamos seguros es que Angulimala no tenía bueno ni el nombre. Sin embargo, logró liberarse, ser un arahant en vida, lo que no le libró de sufrir las consecuencias de sus actos, por supuesto. Premio grande para el malo.

Y en el otro rincón de ring, como miles de kilómetros recorridos junto al Buddha, habiendo oído casi todo lo que decía, conocido por su bonhomía, el mismísimo asistente del Buddha: Ānanda. No pudo tener mejor balcón para liberarse… y no lo hizo.

El problema de los buenos es que se cree que son buenos, lo que demuestra una ignorancia insuperable acerca de su penosa situación, ignorancia que desconocen los malos. Los malos son malos porque lo son. Y saben dos cosas básicas: que son malos y que ser malos está mal. Estas dos verdades derivan en una sola: saben que tienen un problema, algo que indefectiblemente ignoran los buenos.

Ésta era una de las razones por la que acepté inmediatamente la invitación de Noé, el maestro psicólogo encargado de las adicciones del reclusorio de Puerto Vallarta, a asistir al noveno aniversario del grupo de terapia que lucha por sacar de sus adicciones a los internos, adicciones que en muchos casos los llevaron a hacer cosas horrorosas y por eso estaban ahí.

La prisión está clasificada de media seguridad. El patio donde se celebraba el acto es amplio, verde, muy verde. Agradable. No sé qué tiene Vallarta que hasta la cárcel es amable.

Éramos un puñado de invitados, maestros y psicólogos en su mayor parte que estuvimos esperando para entrar en grupo. Ya sabes, si quieres esperar por todos, llega puntual.

Después de las ceremonias de seguridad de rigor, ceremonias más que otra cosa, entramos en el patio y allí estaban ellos. Nosotros de negro y ellos de color crema. Como llevaban una acreditación en el cuello fue fácil saludarle a cada uno por su nombre. Otra ceremonia. Esto promete. Las ceremonias son lo que más risa me provoca y me predisponen al buen humor.

No tardaron en incorporarse las autoridades del centro, y pasaron lista de los invitados. Al llegar a mi nombre y decir mi doble nacionalidad mexicana y española, estallaron los aplausos. No se puede esperar mejor recibimiento. Que te aplaudan por ser español en Cataluña, por ejemplo, es inimaginable y en mi tierra, ridículo. Así que es obvio que me sienta en México, y especialmente en Vallarta, mucho mejor que en Extremadura.

Un maestro de ceremonias improvisado nos presentó al grupo musical formado por los integrantes de la comunidad terapéutica. Tenerlos entretenidos es fundamental si no se aborda el problema de raíz. Si no controlas los pensamientos reactivos, se convierten en una tortura que se alivia con actividades. Como la música.

Entre canción y canción, fueron saliendo al estrado internos a contarnos su historia, la misma triste y aburrida historia. Y los invitados y autoridades a decirnos las maravillas de llevar nueve años tratando a los drogadictos presos.

Nueve años, y… ¡encima se les ve satisfechos! Nueve años para hacer algo que no se tarda más de diez minutos en hacer…

Lo patético es comprobar la felicidad en los ojos de los maestros, psicólogos y autoridades producida por trabajar en ayudar a esta gente, la compasión, el amor incondicional que les provocaba y la alegría de verlos salir de su adicción.

Asi que, viéndolos a todos, me di cuenta de que TODOS eran unos putos drogadictos y, además, de la misma pinche droga: la serotonina.

Llegó el momento en que me invitaron a salir al estrado y no había mucho tiempo. Lo que les dije no duró mas de cuatro minutos. Fijé ostensiblemente la vista en las autoridades y en los internos, y a todos, les hice la pregunta:

“Si vosotros fuerais inmensamente felices, todo el tiempo, siempre… ¿habríais caído en las drogas?”

Los internos, después de unos segundos de vacilación empezaron a musitar tímidos “no”, hasta que el ‘NO” se hizo general. Luego me dirigía a todos, pero enfocándome en las autoridades y les solté la segunda pregunta:

“Si todos vosotros fuerais inmensamente felices, todo el tiempo, siempre… ¿estaríais hoy aquí?”

El “NO” de los internos fue más rápido que el de las autoridades. Si fueran felices, ¿para qué iban a buscar felicidad en una cárcel ayudando a la gente?

Después de unos largos segundos, les comuniqué que estaba enfrente de un grupo de adictos a la serotonina, tanto internos como autoridades. Todos compartiendo la misma adicción que les tenía en la cárcel. A uno o a otro lado de la reja, pero compartiendo el mismo espacio.

Es para hacérselo ver.

Luego hice un repaso rápido sobre la función de la serotonina como neurotransmisor, de la necesidad de incluir su precursor, el aminoácido triptófano en la dieta, y que la solución a disponer de esa droga en cantidad y calidad no llevaba más de diez minutos de entrenamiento.

Acabé haciéndoles ver a todos, las tonterías que la gente hace por un poco de felicidad y que más daño hace un millonario cargándose el único planeta donde podemos vivir que un adicto metiéndose una sustancia que, equivocadamente, piensa que le va a dar felicidad. Y que esa equivocación es la que los llevará al salir a volver a recaer, porque la verdadera adicción la mantienen intacta.

La cárcel es un invernadero donde me mete una planta que no puede vivir fuera. Que en un ambiente controlado vaya bien, que de desarrolle, que crezca y de fruto no es extraño. Lo difícil es que al trasplantarla fuera no se muera.

Le tocó el turno a una maestra que dijo: “Me llamo Pina y soy adicta a la serotonina” …

Es un acto que parece fútil, pero es clave en el proceso de liberación. Si no entiendes que eres un adicto a la felicidad no entenderás nunca que el sufrimiento no es más que su síndrome de abstinencia. Que el sufrimiento no se cura con felicidad, como el mono no se cura con más droga, que por ahí no es. Que acabar con el sufrimiento requiere necesariamente, acabar con la maldita adicción a la serotonina. Y vi que, ahí andan todos en lo mismo, y lo que les sirve a unos, les sirve a los otros.

Presos de la misma adicción, en la misma cárcel.

Pero lo peor sois los que estáis fuera, haciendo las barbaridades que los que están dentro hicieron cuando estaban fuera.

Luego más música y un par de curas o algo parecido hablando de Dios a un público entregado, lo que me llevó a pasármelo aún mejor, riéndome de las tonterías que iban desgranando. El fin de fiesta fue la presencia súbita de una paloma en el estrado que provocó que gritara “¡el espíritu santo” ahí lo tenéis, le habéis llamado!”

A mi lado, Pina se meaba de la risa…

Mira que lo tengo dicho, no me llevéis a ningún tipo de ceremonia religiosa, que me conozco…

Un día mucho más que agradable.

Un día amable.

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