Feliz 2018. ¿Feliz??? ¿2018???

Es en lo que se llaman fechas “entrañables” cuando nos podemos dar cuenta de lo perdida y alienada que está la gente. Y entre estas fechas está, como no, el llamado Año Nuevo.

Sin entrar en más, si nos ponemos a ver la razón por la que se festeja el uno de enero lo primero es que debemos replantear la pregunta. ¿Pasa algo el uno de enero que no pase cualquier otro día del año?

No. Es un día cualquiera, próximo al solsticio de invierno que sí es una fecha astronómica significativa. Se celebra el año nuevo el uno de enero porque el uno de enero es el primer día del primer mes del año. Vamos, que el uno de enero podría caer en mayo sin ningún problema…

Pero la tontería no para ahí. Se llama “enero” porque viene de “uno”, así diciembre viene de “diez”, aunque resulta ser el mes doce. Lo vamos a poner mejor, si preguntamos qué se entiende por un mes, la respuesta es un conjunto de días. Como la semana, que es de siete, pero es plan más relajado, el número de días depende del nombre del mes.

Es en serio. Julio nació como mes porque un dictador romano lo metió a capón en medio del calendario. Y como era el más chingón, lo hizo de 31 días. Su sucesor, que no podía ser menos, un tal Octavio le puso su apodo, Augusto a un mes que coló justo después de su antecesor. Y como son así de espléndidos, las vacaciones son en Julio o en agosto. Y son meses de 31 días.

El resto, que se arreglen como puedan. Y ponen 12 meses, no es que diez estuviera mal, pero al menos se relaciona con el número de dedos de las manos. Con las inserciones romanas, quedan en 12.

¿Y 12 significa algo?

Tampoco. El año astronómico es de 365,24 días y dividido por 12 no cuadra con nada. Así que ahora se reparten los días a voleo, enero 31, febrero 28 (qué habrá hecho el pobre febrero). Marzo 31, abril 30, mayo 31, junio 30, los de los romanos 31, septiembre el mes siete que es el nueve 30, octubre 31, noviembre y para cuadrar diciembre 31.

Si la semana tiene 7 días, solo cuadra con el pobre de febrero cuando no es bisiesto…

Este es el significado del uno de enero. Una estupidez apoyada en una barbaridad y mantenida por pura ignorancia que, además, solo beneficia al gobierno.

Un trabajador cotiza 30 días por mes, son 12 meses por lo que cotiza por 360 días. O sea, regala 5 al patrón y al Estado. Si consideramos que hay países donde las vacaciones son una semana, están a la par.

La estupidez no encuentra límites ni en la avaricia.

Y esto no es así porque sea la “mejor” forma, o la “única” manera. Es simplemente una pésima organización del tiempo anual.

Una semana tiene 7 días, que no resulta absurdo. Hay que ser un genio universal para ponerse a dividir 365 entre 7. Da 52 y de resto 1. Si el genio universal se estruja el cerebro se da cuenta que 52 es múltiplo de 2 dando 26 y que 26 es múltiplo de 2 también.

Nos queda 2x2x13, o, dicho de otra forma, 4×13. Podemos hacer 13 grupos de 4 semanas y solo nos sobraría un día. O sea, si a ese grupo le llamamos “mes” tendría 28 días. O sea 13 meses de 28 días y uno extra. Si es bisiesto, dos.

Ponemos el sobrante como día de año, o sea, el día del comienzo del año, festivo, y luego 13 meses de 4 semanas justas. Así podríamos arruinar a los fabricantes de calendarios, porque los días 1 serían todos lunes, así como los 8, 15 y 22. Y miércoles serán evidentemente 3,10,17 y 24…

Se trabajan 28 días y se cotizan 28 días.

Es justo.

Por eso no se hace. Les gusta robarte, no se lo digas…

Dicho todo esto, anuncio: empezamos bien.

Ahora, el año…

En el mundo occidental es 2018, referido al cálculo sesudo que un monje altomedieval, Dionisio el Exiguo, hizo calculando en nacimiento de un personaje literario de mucho éxito que, como todos los personajes de ficción, si en la novela no dice que día nacen no hay modo de saberlo. Además, no nace en todas las novelas. En unas sí, en otras no.

El personaje, un tal Jesucristo, es el personaje principal de una serie de cuentos incongruentes llamadas en griego “evangelios” que se completan con otras para organizar un corpus de obra que Constantino encargó para introducir una religión oficial para hacerse con el poder en Roma a un paranoico llamado Lucio Lactancio.

Aunque se siguió usando el calendario romano hasta bien entrado el siglo XVII. Lo de “antes de Cristo” es muy moderno. No había nada “antes de Cristo” hace 300 años.

Ya sabemos que festejamos 2018 años desde el presunto nacimiento del Indiana Jones de moda en la época altomedieval, calculado por un tipo al que todos llamaban el Exiguo.

Pero esto no acaba aquí. Solo empieza…

Feliz… ¿Feliz?

Analicemos qué es eso de “feliz”, en qué consiste.

La “felicidad” es el estado en el que el cerebro funciona cuando se le riega con una droga llamada serotonina. Estar feliz es estar drogado. Es como estar borracho, pero peor.

El ser humano nace drogodependiente de esta sustancia, condición heredada de la madre por vía placentaria, exactamente igual que se hereda la cualquier otra dependencia. Los efectos nocivos a largo plazo son:

  1. Repercusiones somatométricas.
  2. Patología cerebral.
  3. Síndrome de abstinencia.
  4. Alteraciones neuroconductuales.

Todos sabemos la triste condición del ser humano sometido a la dependencia de esta sustancia. Vive en ansiedad constante, anhelando la siguiente dosis, con el cerebro cada vez más pequeño y metido en problemas a consecuencia de los comportamientos estrafalarios que le lleven a conseguir la deseada descarga. Como la serotonina no traspasa la barrera hematoencenfálica, ni existe ninguna sustancia que logre activar su segregación por el cerebro, la manera de lograr drogarse es haciendo estupideces que provoquen esa descarga.

La serotonina pudo ser útil junto a la dopamina para premiar y castigar al individuo según conseguía o no sexo y comida, por parte de un cerebro diseñado por unos genes que lo que único que persiguen es su propia replicación.

Sexo + comida = premio.

No sexo o No comida = castigo.

Pero como el ser humano se distingue por algo es por su legendaria ignorancia, en lugar de sancionar comportamientos que lleven a la felicidad, prohíbe el uso de sustancias como la marihuana que son mucho menos nocivas.

La gente por felicidad mata, muere, se suicida, se arruina, arruina la vida de otros, de su familia, de los vecinos, de sus conciudadanos. La corrupción política y el robo económico son simples consecuencias de esta peligrosa adicción. Y las guerras, y las hambrunas por acaparamiento.

Es la peste de que está matando al planeta infectada a través de los piojos de las ratas que son los humanos.

La felicidad es la cara A de lo que se llama sufrimiento. Todos quieren estar drogados y ninguno quiere tener síndrome de abstinencia.

Y lo peor es el inabordable costo personal y social de las actividades estúpidas, antisociales, y antimedioambientales que conducen a poder drogarse…

Pues, después de siglos y siglos de “avance científico” aún a nadie se le ocurre poner medidas de reeducación para desintoxicar a la población de esta pandemia, sino que, por el contrario, se fomenta a todos los niveles empezando por la infancia y la escuela. Porque no tienen compasión ni por sus propios hijos, que quieren ver felices.

No cabe mayor obscenidad.

Luego, sufren, y le echan la culpa a que no son felices repitiendo el bucle de la adicción.

Con tal de tener a su población imbecilizada, los gobiernos hacen lo que sea, incluso se inventan religiones como Constantino, para calmar el síndrome de una población sedienta de felicidad y que celebra el año nuevo con grandes alharacas.

Esos mismos humanos que se desean felicidad entre ellos y se atreven a deseármela a mí. Es tan repugnante como ofrecer un cigarro fumado y babeado a un exfumador.

Asqueroso.

“Feliz año 2018…”

Anda, que bonito retrato de una sociedad enferma que camina a zancadas hacia su propia destrucción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Muy esclarecedor. Gracias.

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