El Misterio de la Ecuanimidad

La ecuanimidad es otro estado al que no se puede llegar por la voluntad. No se llega a ser ecuánime entrenando. Al ser una expresión derivada del subconsciente, resulta una expresión espontánea y no surge por desearlo.

La ecuanimidad es la máxima expresión del amor hacia otra persona, tanto que ni siquiera produce felicidad. Es un amor, por tanto, totalmente puro y sin recompensa…

Haciendo el escalado del amor, en el nivel más básico, el nivel cero, tenemos a la persona que no se ama ni a sí misma y, por supuesto a los demás. Carece de empatía consigo mismo y con los demás.

En el nivel siguiente está la persona que, amándose a sí misma, cree que para hacerlo no tiene que amar a nadie más. Es un nivel de pura ignorancia debido a que el progreso se debe a la colaboración entre las personas y este tipo de individuo, el egoísta, tratando de agarrar todo para sí se acaba encontrando con el vacío social, que es la forma en la que ninguna adquisición es posible.

Un poco por encima está la persona que se da cuenta que ser altruista es bueno para ella. Lo hace simplemente porque ve en ello un beneficio. No siente amor por nadie fuera de ella misma y se comporta aceptablemente solo porque le reporta beneficios. En este nivel podemos clasificar a la “gente virtuosa”.

El siguiente nivel ya trata de amor. Es aquella persona que ama a los demás de forma desinteresada porque ha descubierto para su regocijo egoísta que esa actitud le hace feliz. Regodeándose en esa felicidad se comporta así. Por tanto, su recompensa social no son bienes materiales que le puedan proporcionar felicidad sino la felicidad en sí misma. Este es el nivel de mettā.

Justo por encima del nivel de mettā tenemos lo que llamamos “compasión”. Aquí añadimos al amor universal la empatía, es decir, la persona siente en sí misma el sufrimiento de la otra persona y eso le hace mal y le resta felicidad. La persona compasiva va a tratar por todos los medios de remediar la situación del objeto de su amor, no por la otra persona, sino porque su situación de desazón es tan grande que resulta insoportable y lo que busca es la felicidad de ver a la otra persona con la dificultad superada. Es el nivel de karuṇā.

Por encima tenemos el nivel de muditā, la alegría por la felicidad de los demás. Este es un nivel más elevado de amor.  Aquí la persona se contagia de la felicidad de los demás. Pero solo porque le hace muy feliz. No acarrea sufrimiento como el nivel inferior de la compasión, pero su motor es puramente egoísta.

Y, por fin, el amor real, el amor más puro, la ecuanimidad. En este nivel el amor es puro, o sea, no busca felicidad. Es el amor que respeta, que acepta, que se sobrepone al sufrimiento del otro y no trata de usarlo para provocarse felicidad a sí mismo. La persona ecuánime solo considera el bienestar de la otra persona con absoluta independencia de recompensa alguna en forma de felicidad. Y sabiendo que la felicidad es la cara B del sufrimiento, esta es la forma de amor de aquellos que no sufren.

Hartos nos tienen con los mantras de “ama a los otros como a ti mismo”, o “no hagas a los otros lo que no quisieras que te hicieran a ti mismo”.

Estos dos memes, obsesivamente clavados en la mente de la gente son la causa de tremendos males debido a algo tan estúpido como es que lo que consideras bueno, para otra persona no tiene por qué serlo y lo que a ti te parece correcto y justo, a otra persona le puede parecer insultante. Y, además, si a eso se acompaña una falta casi total de amor, vemos que es una fuente constante de problemas. Luego está la incomprensión, el enfado, la indignación, el atorrar a los amigos con aquello de “¿Qué te parece?” “Esto que le he dicho es lo justo” “Entiendo que si a mí me hubiera pasado me gustaría…”, así hasta aburrir a los demás y llevar el enfado hasta el infinito y más allá.

El ecuánime, primero pregunta qué es lo que quiere la otra persona, cuál es su punto de vista, su perspectiva. La tuya es aquí no tiene importancia alguna. Y a partir de ahí actúa. No hace lo del niño que salva al pez de ahogarse en el agua.

¿Cuántos peces has salvado de ahogarse?

Aplícate el cuento.

 

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