Sostenella y no Enmendalla

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Sostenella y no enmendalla es una expresión del castellano antiguo que figura en la obra «Las mocedades de El Cid» y se refiere a la hidalguía que, por causa de terquedad, orgullo o apariencia, mantenía sus errores pese a tomar conciencia de haberlos cometido.

Podemos definir el Budismo Hinayana, incluyendo a su corriente integrista Theravada, como una complejísima arquitectura de pensamiento irracional cuyo objetivo último es tratar de dar algún sentido lógico a un pequeño número de errores lingüísticos que toman como axiomáticos, cubriéndolos con sucesivas capas de interpretaciones inconsistentes llamadas «comentarios», «subcomentarios» y «subsubcomentarios», llegando a la paradoja de negar la validez de los mismos suttas a los que tratan de dar sentido con el fin de sostener toda esa estructura y no enmendarla.

Por ejemplo, los errores conceptuales en los factores del aferramiento a la existencia, lo que ellos llaman «agregados», se llegan a multiplicar casi al infinito. Como confunden «cognición» con «conciencia», sostienen que es «impermanente» pero como hay una continuidad obvia, la sustituyen por una corriente secuencial de «conciencias» seguidas una de otra, como una fila interminable de orugas procesionarias. Y, claro, debían ser distintas de alguna forma, asi que conciben que hay 89 conciencias diferentes, pero iguales entre sí. O sea, son diferentes conciencias pero dentro de 89 modelos diferentes, o 121, que ni eso lo tienen claro. Y como van una detrás de la otra, inventan una especie de reloj que en lugar de segundos, marca «momentos mentales», que es cuando se cambia de conciencia. Ese reloj es supersónico, y va incluso más allá de la constante de Planck. Es decir, en un segundo transcurren mil rebillones de rebillones de conciencias. De aquí inferimos que los theravadines piensan que tienen una sola neurona, eso sí, superatómica. No contentos con esto, sostienen como dogma de fe, que cada conciencia se divide a su vez en 17 submomentos mentales, cada uno con una función parecida a las fases de un motor de explosión. Una gran tecnología para la India del primer milenio aEC. Para ellos, la muerte es solo un modelo de conciencia que engancha con otro modelo y luego sigue como antes.

Está bueno el follón para explicar un pequeño error semántico…

Pero hay más.

Como llevan más de dos mil años sin saber traducir la palabra «sankharā», o sea, la situación condicional, a alguno se le ocurrió definirla con el insólito nombre de «concomitantes mentales» en relación a la idea de «metidos juntos». No sé qué puede sugerir el término «concomitante», pero a ellos les dio alas para hacer correr su prolífica imaginación. Introdujeron el concepto de «factor mental» y así aprovecharon y metieron dentro a la «percepción» y a la mal llamada «sensación», refiriéndose a la reacción emocional. Y ya que tenemos dos, metemos otros 50 y asi, uno por semana, llegamos a los 52. Explican que aparecen según el modelo de conciencia, o sea, hay conciencias premium que tienen un alto equipamiento en factores mentales y otras no. El equipamiento básico de serie son siete concomitantes de estos.

Esto no queda aquí…

A alguno de ellos le debió caer en las manos un ejemplar del I Ching, o Libro de las Mutaciones. El texto del I Ching es un agrupación de declaraciones oraculares representados por 64 conjuntos de seis líneas llamados hexagramas. Cada hexagrama es una figura compuesta de seis líneas horizontales apiladas. Cada línea es Yang (línea ininterrumpida o sólida ), o Yin (línea abierta, rota o quebrada con un hueco en el centro). Con seis de estas líneas apiladas de abajo hacia arriba hay 26 o 64 combinaciones posibles, y por lo tanto 64 hexagramas. Usando la misma idea se pusieron a combinar las 89, o 121, conciencias con los 52 factores mentales, pero tomados no de uno en uno, sino de 7 a 52, dependiendo de la conciencia. Se trata de combinaciones sin repetición de 52 elementos tomados desde 7 hasta 52, y eso por cada una de las 89, o 121, conciencias. Calcula…

Pero no, tampoco queda ahí.

Ahora, como no saben qué son las qualia, el último factor de aferramiento de la existencia o «agregado», inventan que es «materia» y como todos sabemos que la materia está construida por tierra, fuego, agua y aire, pues ya tenemos otras cuatro cosas para seguir combinando…

Pues bien, si nos damos cuenta, resulta que estas «conciencias», los «factores mentales» y los elementos de «la materia» resulta que aparecen porque sí, son como son y no dependen de nadie. Es decir, son «atta», lo que va en contra directamente del Dhamma del Buddha.

Da igual lo que diga la lógica, da igual lo que diga la ciencia, da igual lo que diga la evidencia. Han invertido miles de años en construir esta atrocidad de barbaridades, completamente clasificada, tasada, medida y pesada, y les da lo mismo que estén en oposición frontal al Buddha. Porque si alguien está equivocado, ese tiene que ser el Buddha. Y para entronizar su herejía radical entronizaron este engendro llamándole «Abhidhamma» o «Doctrina Superior» a la del Buddha y la encajaron en el Canon Pāli, como una canasta superior a la de los Suttas, que la mantienen con la condición de que se lea solo bajo la interpretación de sus comentarios.

Sostenella y no Enmendalla.

Y ahí siguen, erre que erre.

Pero no, tampoco queda ahí.

Como nunca supieron cómo se practica, nunca lo hicieron. Solo fue a raíz de la aparición por aquellas tierras de adinerados occidentales en busca de métodos «genuinos» de meditación, cuando se les ocurrió venderles prácticas supersticiosas desechadas por inútiles y encargaron a sus «sabios» que las engarzaran como mejor pudieran dentro de su abstruso edificio, para justificar la venta. Y a fe que lo hicieron. Ahí está el vipassana o como quiera que lo llamen.

Sostener que el Theravada es «budismo» es tan atrevido como decir que es «ciencia». Sin embargo asi lo venden y se lo compran.

No tienen enmienda. Ni los que lo venden ni los que lo compran.

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