Salteadores de Caminos

Copyright © 2019 Tomás Morales Duran. Todos los Derechos Reservados

 

Los bandoleros son unos personajes enigmáticos que, según profundizas en su historia te dejan, por una parte, más asombrado y por otra parte te dejan más escéptico.

Asombrado porque son capaces de sobrevivir en un medio silvestre como es el campo teniendo la única alianza de la naturaleza y su propia valentía y escéptico porque son gente que llevan una vida de perdición, una vida que no les conduce a ningún sitio.

Ellos crean en el imaginario popular esa cosa que ellos siempre recuerdan y que transmiten como si les hubiera pasado a ellos mismos, como si hubieran sido testigos de la vida de ese personaje.

La palabra Bandolero viene de banda. Una banda es un grupo humano que, en principio, vive al margen de la ley. La mayoría de los bandoleros eran, despiadados no tenían ninguna compasión de sus víctimas; cometían tropelías de todo tipo, violaban, extorsionaban, robaban de la manera más sangrienta. No sólo tenían que llevarse el dinero, tenían que ganarse el respeto.

Siempre a caballo, siempre en alerta.

Los bandoleros en aquella época eran perseguidos, ejecutados a garrote vil y sus cabezas expuestas en una pica.

El origen del bandolerismo en la península ibérica puede situarse a finales de la edad media en la presencia de los llamados malhechores feudales que eran nobles que a través del pillaje buscaron la forma de mantener o acrecentar su patrimonio. Esta presencia está acreditada en la Corona de Castilla y también en el territorio de la antigua Corona de Aragón, en Cataluña y Valencia. Cuando termina la conquista de Granada se produce la expulsión de los de los musulmanes de parte del territorio católico. Así, en 1492 los musulmanes que se quedan en España toman distintas posturas; están los mozárabes, los mudéjares y están los moriscos que se niegan en absoluto a ser asimilados en sus costumbres de ninguna manera.

En extensas zonas de España el repartimiento de las tierras tras la expulsión de los musulmanes se hizo tan mal que gran parte de la propiedad fue parar a manos de unos pocos, mientras que a la mayoría de la gente les tocaba hacer de esclavos trabajando de sol a sol y viviendo prácticamente para pagar impuestos o alquileres.

Este proceso que nace en el año de 1492 hace que los grupos más radicales, llamados monfils, se refugian en la Alpujarra, una zona donde no puedan ser detenidos o perseguidos por la iglesia católica y sus tropas. Más adelante establecen tres núcleos que son Xerez, Triana y Madrid.

El fenómeno bandolero va variando su faz y su aspecto cambia de tal forma que no tiene mucho que ver el bandolerismo que encontramos en la edad media con estos nobles lo que encontramos en el barroco en la zona de Cataluña y Valencia con nobles que reclutan bandoleros para defender su poder local y acrecentar sus rentas con los hijos de la miseria con los desheredados que protagonizan el fenómeno desde finales del siglo XVII y sobre todo en el siglo XVIII y el siglo XIX.

La diferencia es que en el XIX aparece el movimiento romántico que sobrevalora el sentimiento de libertad y de independencia y de justicia social del pueblo contra que los que lo oprime. Esto provoca que las clases populares de alguna manera van admirar a los bandoleros, lo que no había ocurrido en periodos interiores.

Generación tras generación se han ido contando las historias de los bandoleros que transmiten los valores del liberalismo y de la nobleza de esas personas buenas que no hacían, o al menos, no querían hacer daño, y que tuvieron que echarse al monte por cuestiones de vida o muerte.

La vida de bandolero no es una vida cómoda en absoluto. Para sobrevivir o matas o mueres. La esperanza de vida del bandolero medio no llegaba a los 30 años. La situación llegó a tal punto que en abril de 1832 los principales cabecillas de las partidas como son por ejemplo Germán Juan Caballero o el propio José María “El Tempranillo” envían un escrito al consejo de ministros solicitando el indulto al rey Fernando VII

El gobierno aprovecha la oportunidad y ofrece el perdón a cambio de que persigan a otros bandoleros. Los bandoleros pasaron así a ser ellos mismos los vigilantes de los caminos.

La experiencia debió ser positiva cuando pocos años después, al acabar la primera guerra carlista, los terratenientes presionan al gobierno para que ponga orden en los latifundios del sur de España, donde los propietarios de tierras temían la insurrección de las masas serviles que explotaban sin compasión alguna.

Así que el gobierno le encarga, como una especie de revancha histórica, a un descendiente de undécimo grado del tlatoani Moctezuma II que organice un cuerpo reglado para sustituir a la recién disuelta Santa Hermandad.

Los que es claro es que la mayor preocupación de Javier Girón era hacer de una tropa de orígenes delictivos en un cuerpo semejante a las gendarmerías europeas. Para implantar una férrea disciplina militar lo hace depender del Ministerio de la Guerra y del Ministerio de Gobernación en tareas funcionales para el mantenimiento del orden público.

El objetivo de tan particular institución fue «la conservación del orden público, la protección de las personas y las propiedades (…) y el auxilio que reclame la ejecución de las leyes».

Tenemos, por tanto, un cuerpo militarizado, lo que implica una jerarquía rígida a las órdenes del Gobierno, con la misión de conservar el orden. No es, por tanto, asimilable a una policía moderna, al no tener dependencia de jueces y fiscales, sino del Gobierno.

La desconfianza hacia sus miembros de más baja graduación resultaba paranoica. Se les hacía patrullar en parejas para evitar la colusión de uno de sus miembros con la seguridad de que el compañero lo denunciaría.

Por otra parte, para mantener a esta rehala, se les hacía vivir apartados de la sociedad que tenían que reprimir, obligándoles a vivir ellos y sus familias en el entorno militarizado de las “casas-cuartel” que se construyeron por toda España. Este aislamiento se añade al cambio regular de destino, para evitar cualquier clase de connivencia o debilidad a la hora de cumplir su trabajo represivo.

Estando lejos de su lugar de origen, rodeado de compañeros preparados para denunciarle y viviendo en un entorno asfixiante, cualquier intento de rebelión ha acabado siempre de la misma manera: el suicidio.

Está claro que es preferible el suicidio que una rebelión, por eso este fenómeno ha sido protegido desde los gobiernos bajo mantos de silencios cómplices.

Para mantener el espíritu y la operatividad del cuerpo se recurre a su peculiar sistema de remuneraciones. Por ejemplo, la división que se encarga de las vías públicas no tiene presupuesto propio dentro de los Presupuestos Generales del Estado, sino que sus ingresos provienen de lo que ellos mismos son capaces de recaudar en base a sanciones y multas. Para evitar castigos los miembros deben llegar a unos mínimos mensuales y, a partir de ahí, cobran en función de su “productividad”, o sea, del resultado del botín obtenido en los asaltos.

Para que no haya problema en recaudar, estos individuos tienen “presunción de veracidad” lo que contraviene cualquier convenio de Derechos Humanos internacional al estar sus víctimas totalmente indefensas ante ellos. Además, son los que tienen el monopolio de las armas en el entorno rural, con lo que un enfrentamiento contra estos nuevos bandoleros, es impensable.

Técnicamente lo que el gobierno les concede es muy similar a la Patente de Corso, mediante la cual se les capacita para asaltar a cualquiera por orden del Rey sin posibilidad de defensa. De lo recaudado, se reparte el botín con el gobierno.

Si vemos el esquema, estamos ante una verdadera genialidad: los antiguos bandoleros en lugar de asaltar a señoritos y robarles las joyas, creando problemas y gastos, ahora es lo contrario, mantienen los caminos limpios de delincuentes y, además, el gobierno participa de una parte del botín.

Cuando se viaja por las carreteras españolas, la presencia de estos sujetos sobrecoge igual que lo hacía la figura de José María “El Tempranillo” porque no están para socorrer sino para asaltar. Resultan habituales los castigos a los miembros que desperdician tiempo y recursos para dar auxilio en lugar de hacer por las que se les paga.

Hay que señalar que también se benefician de la disonancia cognitiva del “efecto chile”. Su presencia impone de tal forma que logran apanicar a sus víctimas, de manera que, cuando salen del estrés del trance lo hacen felices y agradecidos por el asalto. Esto se consigue sometiendo al máximo terror en un mínimo de tiempo, no permitiendo cualquier réplica y haciendo conscientes al asaltado que su vida, hacienda y libertad están en sus manos.

Lo que resulta increíble es que aparecen como una de las instituciones mejor valoradas del Estado, en algo similar a un síndrome de Estocolmo, donde se ha trabajado para mantener la épica romántica de la vida dura del bandolero, que asaltan porque no les queda otro remedio y lo más irónico es que “lo hacen por tu bien” y que sufren por robarte sin piedad además de reprimir sin piedad cualquier clase de crítica a una institución a la que se la nombra con un término que significa “loable, elogiable, digna, estimable, honorable, merecedora, meritorio”.

Este es un ejemplo palmario de cómo la mentira puede cegar totalmente a un país entero.

Deja una respuesta