Las Cinco Cruces del Buddha

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Aunque el Buddha sospechó algo, no pudo imaginar hasta qué punto los gobernantes iban a tomar su figura recurrentemente para usarla para sus bastardos fines políticos.

Justo antes de su parinibbana, no le entrega su Sangha a nadie, a nadie le otorga su herencia porque nadie era digno de ella. En ocasiones anteriores hemos visto que solo un Sammasambuddha puede enseñar y que todo Buda carece de maestro, o sea, ningún discípulo suyo podría enseñar, ninguno. Además, sus dos mejores amigos, Sariputta y Moggallana ya habían fallecido y Ananda, su fiel asistente, demostró su total incapacidad de iluminarse. Ahí quedaba el voluntarioso Kassapa, incapaz también de ningún progreso, pero que, al desaparecer los principales discípulos, aparecía como el candidato a sucederle por defecto.

La usurpación comenzó inmediatamente, con las cenizas del Buddha aún tibias; su eterno enemigo, el rey Ajatasattu de Maghada, recluta al despechado Kassapa para que reorganice un cuerpo de doctrina con la colaboración del popular Ananda y de Upāli en el llamado “Primer Concilio”. Por supuesto, la mitad de la antigua Sangha del Buddha no estuvo de acuerdo con la nueva doctrina y se distanciaron de la nueva religión. La pretensión del rey no era hacerla religión oficial, sino exclusivamente tenerla controlada, puesto que Ajatasattu era un devoto jainista.

Esa primera etapa, la llamada budismo temprano, transcurrió sin pena ni gloria, con la única utilidad de completar la iluminación de aquellos nobles que no habían alcanzado el arahantado en vida del Buddha. Al no tener protección oficial su historia está oscurecida y lo que sabemos es que fue una etapa de proliferación de “escuelas”.

Es una constante, y lo veremos, que las unificaciones se hacen reinventando el discurso motivadas por la ayuda oficial y las perspectivas socioeconómicas que implican y las dispersiones cuando el favor real es apartado y se quedan fuera de la protección estatal. Todos se juntan y olvidan sus diferencias si hay dinero y cuando deja de haberlo, regresan las disensiones.

Hay otro aspecto que es fundamental para entender la evolución de las diferentes doctrinas oficiales del espectro budista y es el problema político que representa la iluminación. En términos buddhistas, una persona con algún grado de iluminación en un noble (ariya), y está por encima de todas las personas corrientes para todos los efectos. Esto acarrea una incompatibilidad política manifiesta frente al político que quiera usar el budismo como herramienta política. Si le aparece un iluminado y le reclama el trono, se lo tiene que ceder. Esto es así, o el rey no aparecerá como un devoto buddhista. Es por esto que en la época de Ajatasattu existían los nobles que lo lograron gracias a la ayuda del Buddha; es evidente que, aparte de que Ajatasattu era jainista, no podía usar el budismo para sus propios fines, porque no lo legitimaría sino todo lo contrario.

Esta primera “cruz”, el budismo temprano, fue una época en la que el budismo se mantuvo latente bajo el control institucional. Como no había favor real acabaron ramificándose en 18 sectas.

La necesidad de controlar las ansias de venganza de la sociedad india contra el nuevo emperador Ashoka por su forma sanguinaria de lograr el poder, hizo que éste echara mano del budismo al ser reconocido como una secta que practicaba la no violencia. Para ello convoca el tercer concilio budista que sirvió para unificar de nuevo a los budistas dispersos al calor del favor real. Este concilio agrupó a algunas sectas, no a todas, y en él se presentó un cuerpo entero de doctrina al que se le llamó “doctrina superior” o Abhidhamma con la misión clara de secuestrar la doctrina del Buddha y desviarla a un sistema abstruso de desarrollos matriciales que no llevaran a ninguna parte. Así el emperador se aseguraba de que ningún noble podría aparecer y reclamarle el trono.

La jugada de sacar del favor real al hinduismo e imponer el budismo le duró bien poco. La caída del imperio Maurya fue rápida tras la muerte del atroz emperador. Sin embargo, ahí dejó la semilla del Hinayana, la segunda cruz del Buddha, que lo propagó fuera de la India y fructificó en Sri Lanka gracias a los favores reales y su buena relación política con Ashoka que los salvó de la destrucción. Muchos siglos más tarde una secta fundamentalista, la theravadin, dice ser la heredera natural de ese cuerpo doctrinal a partir de la recopilación que hizo siglos antes el brahmán indio afincado en Sri Lanka, Buddhaghosa, para lo que se convierte al Hinayana y se convierte en su figura de referencia. A partir de Ceylán esta doctrina se extenderá por el sureste de Asia gracias al ímpetu misionero y su fundamentalismo excluyente que expulsa a los Mahāyana de esos reinos.

El Hinayana siempre ha estado bajo el control y el pesebre real, en los países en los que se extendió.

Un asunto curioso fueron los movimientos heréticos de índole milenarista que se dieron en Birmania en el siglo XVIII ante la creencia de que la Sāsana del Buddha debía durar 5.000 años y la creencia de que llevaban la mitad. Medawi, un oscuro monje birmano aprovechando estos sentimientos y el debilitamiento del poder real, comenzó a elaborar textos con lo que construiría la herejía vipassana. Según ésta, apoyado por comentarios escolásticos medievales, era posible la iluminación sin necesidad de ningún Buddha simplemente haciendo los ejercicios que él vendía. Ante esto, el sangha oficial birmano declaró este movimiento como herético y sus monjes fueron expulsados del Sangha. El pánico a que aparecieran presuntos iluminados a reclamar el trono se apoderó de los gobernantes, en un periodo de guerras civiles sin poder civil fuerte que los eliminara. Poco a poco, al ver el nulo éxito del vipassana en iluminar a sus devotos, la secta aun siendo herética fue ignorada por el Sangha oficial y sus prácticas, como las de los magos Weizza-Lam, fueron poco a poco olvidadas, para resucitar de nuevo a mediados del siglo XX gracias al dinero de los occidentales que se atrevían a adentrarse en Myanmar ávidos de prácticas de meditación.

La Tercera Cruz del Buddha la construyó el escita Kanishka. Construyó su imperio partiendo de su tierra y ocupando gran parte de la India y lo extendió a otros territorios de Asia. Kanishka al ser extranjero no tenía casta, es decir, era un dalit. Y en una sociedad dividida en castas tanto económica como religiosa y socialmente, resultaba insostenible aceptar de emperador a un intocable y no a un Kshatriya que era lo aceptable. Como Kanishka no podía cambiar su origen (nadie puede cambiar su nacimiento) lo que hizo fue apartar la religión hinduista y la sustituyó por una nueva. Para ello echó mano de Ashvaghosha, un antiguo brahmán conocido suyo, que se encargó, otra vez, de llamar a las desperdigadas sectas que aún se mantenían como rescoldos de la época Hinayana para su Cuarto Concilio, en el que se diseñó una nueva religión también del espectro budista, el Mahāyana, pero esta vez añadiendo en la fórmula las nuevas corrientes filosóficas del momento que se sumaron gustosas a colaborar con el poder imperial, como es el caso de Nagarjuna y otros. Ashvaghosha recreó una figura mítica de Buda despojándole de toda humanidad y pintándolo más como un mito que como algo real. Esta vez se optó por desterrar la idea de la iluminación para evitar problemas de reclamos del trono, y se cambió por el buenismo de la bodichita y la compasión hacia todos lo seres incluyendo la renuncia expresa a intentar iluminarse.

El éxito de esta operación duró algo más que el experimento anterior, pero cayó con la dinastía kushán, como era de esperar, y de nuevo no cayó en el olvido gracias a las conquistas en el exterior de India que hizo Kanishka. Así el Mahayana se extendió por China y desde ahí a una buena parte de Asia. En la India, de nuevo, pasó al olvido, al restaurarse una dinastía hinduista por obvias razones.

La Cuarta Cruz tuvo que esperar algunos siglos más y se clavó en lo alto de la meseta tibetana, cuando un fulgurante primer emperador del Tíbet, Songtsen Gampo, importó el budismo de sus vecinos con el ánimo de someter al clero bön y además introducir el feudalismo en sus territorios. La idea medieval del karma, como condena en esta vida de los delitos de vidas anteriores es una fórmula curiosa de implantar un sistema de castas en una sociedad eminentemente libre como la tibetana. Así mientras que en la India de los kushán el budismo se usó como igualitario para igualar el propio emperador, en Tibet se usó justo para lo contrario. Así Songtsen Gampo introdujo el impuesto de trabajo personal, una forma eficiente de servilismo, que duró mucho más que su dinastía al beneficiar a las clases poderosas. Así, se reintrodujo de nuevo esta nueva religión budista, el Vajrayana como forma de esclavizar a la población y duró hasta que los comunistas no toleraron por más tiempo la esclavitud en sus territorios. Esta religión tomó muchísimos aportes de todo tipo al estar evolucionando por si misma durante mas que ninguna otra. Lo más significativo fue los elementos bön, una religión animista primitiva, en las antípodas de la racionalidad lógica del Buddha.

Todas estas religiones hubieran quedado en el olvido después de la colonización y cristianización europea; sin embargo, pero como éstas no alcanzaron ni al Japón ni a China ni a Siam, allí se mantuvieron como prácticas ancestrales. Sin embargo, en 1880 una hornada de alumbrados teosóficos norteamericanos surgidos del movimiento que impulsaron Elena Blavatsky y el coronel Olcott, resucitaron el budismo para incluirlo en su delirante religión universal. Fueron ellos los que rescataron los textos, descubrieron el mítico Tibet e incluso fueron los autores del Zen moderno, todo listo para la venta y exportación a base de dólares y de la Nueva Era.

La Quinta Cruz del Buddha. El mix del todo vale y cualquier camino sirve para la iluminación es la última crucifixión a la que la historia ha sometido al mejor y peor comprendido sabio de todos los tiempos.

Como siempre es más fácil creer en cualquier mentira porque cualquier mentira se fabrica para ser creída, mientras que la verdad está huérfana de protectores.

Ahora toca preguntar a esa marea de religiosos budistas a qué emperador o dinastía apoyan y por qué.

Todos y cada uno de esos budismos son propiamente, política, eso sí, antigua, obsoleta y anacrónica. Igual que sus irracionales devotos, aunque ni siquiera lo sospechen. Es la magia de la mentira.

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