El Cerebro Atolondrado

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Si un órgano del cuerpo no cumple con la función que le corresponde, se atrofia y su funcionamiento se vuelve errático y defectuoso. Y, claro está, si ni siquiera hace lo que se espera de él, menos aún podemos confiar en que desarrolle todo su potencial.

En esas condiciones se encuentra habitualmente el neocórtex. Las funciones que debería tener las ejerce en primera instancia el sistema límbico y solo le consulta una vez que ya ha montado toda la estrategia de respuesta. Únicamente el órgano del oído es manejado por el neocórtex por la complejidad de determinar la fuente del sonido por si puede ser una amenaza o no. Para el resto, el sistema límbico se las apaña perfectamente.

Imagina a un triciclo tirando de un Ferrari con una cuerda. Así es como funciona el encéfalo humano convencional.

Mientras es existencialmente acarreado, el neocórtex se entretiene en conceptualizar hasta los conceptos para así optimizar el poco esfuerzo que hace. Se pasa el tiempo embebido en sus propias recreaciones como lo estaría un adolescente aburrido al que se le da un celular, y cuando no, dormitando.

Entre conceptos y mentiras, solo tiene que atender a los sustos que le llegan desde el sistema límbico. Imaginar ciertas cosas cortocircuita al encéfalo. Y como el neocórtex no tiene control ni de sí mismo, y además es una tarea demasiado compleja para el sistema límbico, no sabe controlar su propia actividad; y cuando ésta se desmadra se aplica insistentemente en el envío de señales de alarma al sistema límbico que, como no sabe distinguir lo real de las tonterías que imagina su atolondrado vecino, se emplee en sobresaltar al individuo previendo catástrofes imaginarias o muertes inminentes que nunca llegan.

Un cerebro así, como un órgano heredado de los anfibios al control, pero con un manojo de sesos a su alrededor empleando su tedio en molestarle de tanto en tanto con el efecto de mantenerle en constante desasosiego.

Desde luego, un panorama bastante ridículo para lo que algunos dicen que es el órgano rey de la creación.

Y ¿Cómo sabes que tienes el neocórtex desmandado?

Es sencillo. Dile que pare, que no piense. Igual que le dices a una pierna que no se mueva. Ah, pero ¿que no te hace caso?

Intenta de nuevo. No pienses nada durante un par de minutos.

¿Qué no puedes? Que, si fuera la pierna, tendrías Parkinson.

Ahora intenta seguir los pensamientos, a ver de dónde salen y adónde van.

Uno detrás de otro.

Ahora, a ese cerebro tuyo tan estupendo, pregúntale que para que sirve toda esa verborrea. Y, de paso, pídele que pare.

Ya, no te hace ni maldito caso, y que no sabes qué hacer.

Pues mira que es fácil.

A ver, ¿qué haces cuando la computadora se desmadra y se pone a borrar ficheros y a sacar guarrerías por la impresora, mientras que ni el teclado ni el ratón responden?

Lo apagas.

Pues igual.

Aprende a apagar a ese zángano o lo llevas claro.

2 Comentarios Agrega el tuyo

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