Deseo, Valor, Precio y Confianza

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El motor de la economía es el deseo.

El deseo es ignorancia, una carencia que posibilita la existencia de un movimiento que lo cubra. Ese movimiento es de naturaleza informativa, existirá hasta que el deseo desaparezca. Si ese deseo es de índole material ese movimiento es de naturaleza económica.

Cubrir ese deseo es lo que lleva al trabajo, si puede hacerse con medios propios o al intercambio si no es así. Sin deseo no hay nada que cubrir, sin nada que cubrir no hay economía.

El deseo es una sensación totalmente subjetiva y su intensidad es variable. Su cuantificación es el valor. Algo vale según satisfaga un deseo propio.

Perder provoca aversión. Perder enoja. Deseo y aversión tienen idéntica naturaleza y solo se diferencian en el signo. Detrás de ambos funge el sufrimiento porque son parte de la estructura interna del Samsara.

Un mismo bien o servicio tienen un valor subjetivo, es por ello que existe el comercio. Junto a una compra hay una venta. Al comprar, cuando alguien pierde un bien por otro bien es porque valora menos el bien que pierde que el bien que recibe. Simultáneamente quien vende, por el contrario, valora más el bien que recibe que el bien que pierde. En el comercio ambas partes ganan.

La cuantificación del valor es el precio. Para ello se usa el dinero. El dinero en sí no satisface ningún deseo, el dinero no se come, pero es una referencia indirecta consensuada para facilitar el intercambio de bienes. El dinero sirve para comprar, es decir, es capaz de satisfacer cualquier deseo futuro. Es por ello que el dinero ocupa el centro de la actividad económica y su gestión (creación, circulación, retención, expansión) tiene el poder de manejar todo el tráfico económico.

Desear dinero es desear el deseo.

La venta se puede producir si satisface un deseo y quien compra está dispuesto a desprenderse del precio que se exige. Ambos factores.

El precio va, por tanto, en función de la satisfacción de ese deseo.

Pero aquí se entra en competencia con otros que pueden ofrecer algo similar a diferentes precios. Esto es el mercado.

Si se es único satisfaciendo un deseo se posee la capacidad de establecer un precio solo en concordancia con la demanda. Si no es así, el precio estará en función también de la competencia, es decir, variará en función de la mayor o menor aversión a desprenderse del bien por un precio más bajo.

Pero aquí pueden entrar en juego otros factores.

El comercio en sí mismo también genera un deseo y su satisfacción. Hay actores económicos que valoran el cómo se comercia además del bien en sí e invierten en la construcción de lazos de confianza para facilitar negocios futuros. Es decir, en estos casos el precio no solo lo pone el mercado. No solo se valora qué se compra sino a quien se compra.

Este fenómeno está intrínsecamente unido a la cultura oriental. El regateo, el juego, la confianza y el comercio son bienes por sí mismos. Se prefiere comprar a un vendedor de confianza frente a otro aunque el precio sea mayor, porque en el acto de vender no acaba todo. Una venta condiciona la siguiente, y el bienhacer facilita el intercambio.

La peor posición es la del que ofrece un producto sin demanda en medio de una fuerte competencia en precio y sin ofrecer el valor añadido de la confianza.

La mejor posición es la contraria: quien ofrece un producto con demanda, sin competencia y en medio de una relación de confianza.

La demanda se puede potenciar si hay posibilidad de ilustrar. El vendedor instruye al comprador acerca de lo deseable de su producto y el comprador alecciona al vendedor en la forma de transformar su producto en algo más deseable. De esta forma se consigue un producto sin competencia al mejor precio.

Es evidente que esto es una consecuencia de una relación de confianza entre ambos.

La confianza es capaz de hacerlo.

La confianza vale más que el dinero.

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