Cuando Roma Trasmutó A Buda En Jesucristo (XI). Las Mil Caras de Eusebio

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Eusebio creará un personaje de sí mismo como un simple historiador y compilador de textos de terceros, en una autobiografía panegirista muy a su gusto en la que oculta su verdadero trabajo. Como es su costumbre, evita dar a conocer  la fecha y el lugar exacto de su nacimiento y no habla sobre su juventud. Lo que es comprobable es que en el año 296, estando en Palestina, conoció a Constantino I, que visitaba la provincia con Diocleciano camino de la campaña de Egipto.

Su biografía de su propio personaje inicia con una estancia en Cesarea donde nombra a un tal Agapio como obispo del lugar. Allí es discípulo de Pánfilo con el que aprende la Biblia apoyándose en la Hexapla de Orígenes y de los comentarios compilados por el propio Pánfilo. Su intención era criticar el Antiguo Testamento.

Pánfilo en 307 es encarcelado y Eusebio, bajo riesgo de muerte, continua con el proyecto. El resultado será una Apología de Orígenes, concluida por Eusebio después del trágico martirio de Pánfilo. Esta obra sería enviada a los mártires en las minas de Faeno, en Egipto. Después desaparece, retirándose hacia Tiro y más tarde hacia Egipto, donde padeció la persecución por primera vez. Como sobrevivió a la palma del martirio, fue acusado falsamente de obtener su libertad sacrificando a los dioses paganos, lo habitual en estos panegíricos.

De aquí podemos deducir que Pánfilo no puede enseñarle a Orígenes porque Orígenes es uno de sus personajes, por lo que Pánfilo es otro. Asi pues, en algún momento antes del 307 marcha discretamente a servir a Constantino. Cuando se inicia el Concilio de Nicea los personajes de ficción acaban y empiezan a surgir los reales.

Eusebio pone sus propias ideas en boca de sus personajes, principalmente en Orígenes que, como vimos, a pesar de tratar de ser lo más ortodoxo posible acabará siendo condenado por hereje y sus obras prohibidas. El drama de Eusebio fue ver como su propia obra estuvo a punto de devorarle.

Recordemos que el objetivo de Constantino I buscaba era la consolidación de una mayoría, con independencia de los planteamientos a priori, amenazando con la espada a todo el que se saliera de la nueva ortodoxia. La idea de ortodoxia extrema del Eusebio de Orígenes se verá desplazada hacia la herejía al no ser apoyada por esa mayoría de epíscopes.

El caso de Arrio fue el caso de Eusebio. Eusebio usó a Arrio como usaba a sus personajes. Le puso al pie de los caballos en pleno Concilio y le abandonó cobardemente pasándose a las filas enemigas.

Su idea de un Cristo subordinado a Dios era realmente una pésima idea. En cualquier momento podría surgir un personaje que reivindicara el espacio entre Dios y Cristo, manteniendo a Dios, desplaza a Cristo como un personaje secundario.

Los temores de Constantino se materializaron siglos más tarde, cuando desde el seno del arrianismo surgió el islam, con el personaje de Muhammad reivindicando ese lugar de privilegio, relegando a Jesucristo y aliviando la condena de los judíos.

 

Pensamiento Político de Eusebio

 

El pensamiento político de Eusebio se resume en un servilismo incondicional a Constantino. Formó la comprensión ortodoxa de la relación entre la iglesia y el estado. Él veía el imperio y la iglesia imperial como compartiendo un vínculo estrecho entre ellos. En el centro del imperio cristiano se encontraba la figura del emperador cristiano en lugar de una cabeza espiritual de la iglesia.

En la teología política de Eusebio, el emperador cristiano aparece como el representante de Dios en la tierra en quien Dios mismo “deja brillar la imagen de su poder absoluto”. Él es el sirviente “amado por Dios, tres veces bendecido” del gobernante más alto, quien, “armado con una armadura divina, limpia al mundo de la horda de los impíos, los heraldos de voz fuerte del temor engañoso de Dios”, cuyos rayos “penetran el mundo”. Al poseer estas características, el emperador cristiano es el arquetipo no solo de la justicia sino también del amor de la humanidad.

Cuando Eusebio habla sobre Constantino I solo sabe adular: “Dios mismo lo ha elegido para ser el Señor y el Líder para que ningún hombre pueda alabarse a sí mismo por haberlo elevado, el gobierno del emperador se basa en la gracia inmediata de Dios”.

Algunas de las exaltaciones de Eusebio hacia su patrón se hacen eco del culto al Sol Invictus, quien es representado por el emperador según el entendimiento pagano.

Eusebio añade: “El emperador, a este respecto, también desempeñó el papel de pontifex maximus, sumo sacerdote, en el culto estatal, también tomó la posición central dentro de la iglesia. Convocó al Sínodo de Obispos, como si Dios lo hubiera nombrado obispo, presidió los sínodos y otorgó el poder judicial para el imperio a sus decisiones. Fue el protector de la iglesia que defendió la preservación de la unidad y la verdad de la fe cristiana y que luchó no solo como guerrero sino también como intercesor, como un segundo Moisés durante la batalla contra los enemigos de Dios, santo y puramente orando a Dios, enviando sus oraciones a Él”.

Así, el emperador cristiano entró no solo en la sucesión política sino también en la sagrada sucesión del emperador romano divinamente designado., logrando la legitimidad más alta, la divina. Aquí volvemos a ver de nuevo el típico hiperliderazgo del populismo constantiniano. Obviamente, ante tal figura, un liderazgo independiente de la iglesia difícilmente podría llegar a desarrollarse.

Por supuesto, Eusebio proclama su antijudaísmo. En uno de los pasajes de su obra, Eusebio declara que las calamidades sufridas por el pueblo judío se debían al papel que estos jugaron en la muerte de Jesús. Este pasaje de Historia de la Iglesia llamado «Las desventuras que sucedieron a los judíos después de la injuria cometida contra Cristo» ha sido usado a lo largo de la historia, para atacar a los judíos:

«Desde ese tiempo que las rebeliones, guerras y conspiraciones dañosas los siguió, a cada uno, en rápida sucesión, incesantemente, en las ciudades, en toda Judea, hasta que el sitio de Vespasiano los aplastó. Fue así que la venganza divina se cumplió para con los judíos por los crímenes que osaron perpetrar contra Cristo».

Incluso los propios judíos acabarán asumiendo algunos de estos postulados.

 

Doctrina de Eusebio

 

Eusebio nunca presentó sus propias ideas de forma explícita, sino a través de sus personajes. Desde punto de vista dogmático, Eusebio expone su pensamiento “apoyándose” en su personaje Orígenes.

Parte de la idea fundamental de la soberanía absoluta de Dios. “Dios es la causa de todos los seres. Pero no es, meramente, una causa; en Él, todo lo bueno está incluido; de Él, toda la Vida se origina; y es el origen de toda Virtud. Es el Dios Supremo, al cual Cristo está sujeto como Dios secundario. Dios envió a Cristo al mundo para que este participase de las gracias incluidas en la esencia divina. Cristo es la única criatura realmente buena, poseyendo la imagen de Dios, y siendo un rayo de luz eterna”.

La comparación con el rayo de luz es tan mala que Eusebio necesita enfatizar expresamente la autoexistencia de Jesús.

Eusebio trata, así, de enfatizar la diferencia de las personas de la Trinidad, manteniendo la subordinación de Jesús a Dios. Eusebio nunca aplica a Jesús el término theos porque, según él, todo lo que está defendido por otra parte es sospechoso de politeísmo o de sabelismo. Propone que Jesús es una criatura de Dios cuya creación ocurrió antes del Tiempo. Jesús es, por su actividad, el órgano de Dios, el creador de la vida, el principio de todas las revelaciones divinas, que, en su carácter absoluto está entronizado sobre toda la creación. Este Logos Divino asumió un cuerpo humano sin que su ser fuese en ninguna manera alterado. La relación del Espíritu Santo con la Santísima Trinidad es explicada por Eusebio en términos similares a relación entre el Padre y el Hijo.

Eusebio en su momento fue considerado como el más instruido de sus contemporáneos. La enorme lista de los documentos que elaboró para usó para dar cobertura a su Historia de la Iglesia indica la magnitud de su obra.

Sin embargo, Eusebio muestra su productividad en Orígenes, mientras que relega a su propio personaje a un cuidadoso compilador de escritos. En el período que siguió, nadie lo alcanzó en erudición. Los historiógrafos eclesiásticos fueron capaces de copiarlo, pero no superaron su puesto. No podían.

Edward Gibbon, historiador que abordó las causas de la caída del Imperio Romano, señaló que la actitud de Eusebio de Cesarea al redactar su Historia Eclesiástica no era la de un historiador moderno, sino la de un panegirista tendencioso.

 

 

Últimos años

 

En los años posteriores al Concilio de Nicea, el emperador estaba empeñado en lograr la unidad dentro de la iglesia, por lo que los partidarios del Credo de Nicea en su forma extrema pronto se vieron obligados a tomar la posición de disidentes. Eusebio participó en la expulsión de Atanasio de Alejandría en 335, de Marcelo de Ancira  en 336 y Eustacio de Antioquía al año siguiente. Eusebio se mantuvo siempre fiel al emperador y, después de la muerte de Constantino en 337, escribió su obra La vida de Constantino, un panegírico que posee algún valor histórico, principalmente debido a su uso de fuentes primarias. A lo largo de su vida, Eusebio también escribió obras de disculpa, comentarios sobre la Biblia y obras que tratan de arreglar las discrepancias en los Evangelios.

 

Eusebio y el Buddha

 

Clemente de Alejandría, uno de los personajes de Eusebio que dispone como maestro de Orígenes, escribió sobre el Buddha y reconoció a los budistas bactrianos (Sramanas) y los gimnosofistas indios por su influencia en el pensamiento griego:

 

«Y como me parece, fue como consecuencia de percibir el gran beneficio que se otorga a través de los sabios, que los hombres mismos fueron honrados y la filosofía cultivada públicamente por todos los brahmanes, los odrysi y los getae. Y tales fueron estrictamente deificados por la raza de los egipcios, por los caldeos y los árabes, llamados los felices, y los que habitaban en Palestina, por la menor porción de la raza persa, y por innumerables otras razas además de estas. Y es bien sabido que Platón se encuentra perpetuamente celebrando a los bárbaros, recordando que tanto él como Pitágoras aprendieron más y los más nobles de sus dogmas entre los bárbaros. Por lo tanto, también llamó a las razas de los bárbaros, “razas de filósofos bárbaros”, reconociendo, en el Fedro, el rey egipcio, y nos muestra más sabio que Theut, a quien él sabía que era Hermes. Pero en las Charmides, es evidente que él conocía a ciertos tracios que se decía que hacían que el alma fuera inmortal. Y se informa que Pitágoras fue discípulo de Sonches, el archiprofeta egipcio; y Platón, de Sechnuphis de Heliópolis; y Eudoxo, de Cnidio de Konuphis, que también era egipcio. Y en su libro, Sobre el Saúl, Platón nuevamente reconoce manifiestamente la profecía, cuando presenta a un profeta que anuncia la palabra de Lachesis, pronunciando predicciones a las almas cuyo destino se está volviendo fijo. Y en el Timoeus presenta a Solón, el muy sabio, que aprende del bárbaro. El contenido de la declaración tiene el siguiente efecto: “Oh, Solón, Solón, ustedes los griegos son siempre niños. Y ningún griego es un hombre viejo. Porque no tienen un aprendizaje que esté lleno de edad”.

Demócrito se apropió de los discursos éticos babilónicos, ya que se dice que combinó con sus propias composiciones una traducción de la columna de Acicarus. Y puede encontrar la distinción notificada por él cuando escribe: “Así dice Demócrito”. Sobre él también, donde, sumido en su erudición, dice: “He recorrido el mayor terreno de cualquier hombre de mi tiempo, investigando las partes más remotas. He visto la mayor cantidad de cielos y tierras, y he oído de hombres eruditos en gran número. Y en composición nadie me ha superado; en demostración, ni siquiera entre los egipcios que se llaman Arpenodaptae, con todos los cuales viví en el exilio hasta los ochenta años”. Porque fue a Babilonia, a Persis y a Egipto para aprender de los Magos y los sacerdotes.

Zoroastro el Mago, Pitágoras demostró ser persa. De los libros secretos de este hombre, los que siguen la herejía de Prodicio se jactan de estar en posesión. Alexander, en su libro Sobre los símbolos de Pitágoras, relata que Pitágoras fue alumno de Nazaratus el Asirio (algunos piensan que él es Ezequiel; pero no lo es, como se mostrará más adelante), y lo tendrá, además de estos, Pitágoras era un oyente de las Galatae y los Brahmins.

Clearchus el peripatético dice que él conocía a un judío asociado con Aristóteles. Heráclito dice que, no humanamente, sino con la ayuda de Dios, la Sibila habló. Dicen, en consecuencia, que en Delphi se mostró una piedra junto al oráculo, en la que, según se dice, se sentó la primera Sibila, que vino de Helicon, y que había sido criada por las Musas. Pero algunos dicen que ella vino de Milea, siendo la hija de Lamia de Sidón. Y Serapion, en sus versos épicos, dice que la Sibila, incluso cuando los muertos no cesaron de la adivinación. Y él escribe que, lo que salió de ella en el aire después de su muerte, fue lo que dio expresiones oraculares en voces y presagios; y en su cuerpo siendo transformado en tierra, y la hierba como natural creciendo fuera de él, cualesquiera que fueran las bestias que se encontraban en ese lugar se alimentaban de él y mostraban a los hombres un conocimiento preciso del futuro por sus entrañas. Él también piensa que la cara que se ve en la luna es su alma. Demasiado para la Sibila.

Numa, el rey de los romanos, era pitagórico y, con la ayuda de los preceptos de Moisés, le prohibía hacer una imagen de Dios en forma humana y de la forma de una criatura viviente. En consecuencia, durante los primeros ciento setenta años, aunque construyeron templos, no hicieron imagen moldeada ni grabada. Porque Numa les mostró en secreto que el Mejor de los Seres no podía ser aprehendido sino solo por la mente. Así, la filosofía, algo de la más alta utilidad, floreció en la antigüedad entre los bárbaros, arrojando su luz sobre las naciones. Y luego llegó a Grecia. Los primeros en sus filas fueron los profetas de los egipcios; y los caldeos entre los asirios; y los druidas entre los galos; y los samanaeos entre los bactrianos; y los filósofos de los celtas; y los magos de los persas, que predijeron el nacimiento del Salvador, y entraron en la tierra de Judea guiados por una estrella. Los gimnosofistas indios también están en el número, y los otros filósofos bárbaros. Y de estos hay dos clases, algunas llamadas Sarmanae y otras Brahmins. Y aquellos de los Sarmanae que se llaman Hylobii no habitan ciudades, ni tienen techos sobre ellas, sino que están vestidos en la corteza de árboles, se alimentan de nueces y beben agua en sus manos. Al igual que los llamados Encratitas en la actualidad, no conocen el matrimonio ni el engendrar hijos.

Algunos, también, de los indios obedecen los preceptos de Buda; quienes, a causa de su extraordinaria santidad, han elevado a los honores divinos.

Anacharsis era escita, y se registra que ha destacado a muchos filósofos entre los griegos. Y los hiperbóreos, relata Hellanicus, vivían más allá de las montañas Riphaean e inculcaron justicia, no comiendo carne, sino usando nueces. Los que tienen sesenta años se llevan sin las puertas y los eliminan. También hay entre los alemanes aquellas llamadas mujeres sagradas, quienes, al inspeccionar los remolinos de ríos y remolinos, y al observar los ruidos de las corrientes, presagian y predicen eventos futuros. Estos no permitieron que los hombres pelearan contra César hasta que brillara la luna nueva.

De todos estos, con mucho, el más antiguo es la raza judía; y que su filosofía comprometida con la escritura tiene la precedencia de la filosofía entre los griegos, el Phtha pitagóreo muestra en general; y, además de él, Aristóbulo el peripatético, y varios otros, para no perder el tiempo, repasándolos por su nombre. Muy claramente, el autor Megasthenes, contemporáneo de Seleuco Nicanor, escribe lo siguiente en el tercero de sus libros, Sobre asuntos indios: “Todo lo que los antiguos dijeron sobre la naturaleza lo dicen también aquellos que filosofan más allá de Grecia: algunas cosas Brahmanes entre los indios, y otros por los llamados judíos en Siria”. Algo más, dicen fabulosamente que algunos de los llamados Dactyli de Idaean fueron los primeros sabios; a quienes se les atribuye la invención de lo que se llaman las “letras efesias” y de los números en la música. Por esta razón, los dactilos en la música recibieron su nombre. Y los Dactyli de Idae eran frigios y bárbaros. Heródoto relata que Hércules, habiendo crecido como sabio y estudiante de física, recibió del Atlas bárbaro, el frigio, las columnas del universo; el significado de fábula que recibió por instrucción el conocimiento de los cuerpos celestes. Y Hermippus de Berytus llama a Charon el Centauro sabio; sobre quién, el que escribió La batalla de los titanes dice, “que primero condujo a la raza de los mortales a la justicia, enseñándoles la solemnidad del juramento y los sacrificios propiciatorios y las figuras del Olimpo”. Por él Aquiles, que luchó en Troya, fue enseñado. E Hippo, la hija del Centauro, que vivía con Æolus, le enseñó la ciencia de su padre, el conocimiento de la física. Eurípides también testifica de Hippo de la siguiente manera: “Quién primero, por oráculos, presagiado, Y por las estrellas en ascenso, eventos divinos”».

Stromata (Misceláneas), Libro I, Capítulo XV.

 

Eusebio trata de encajar la viabilidad de la idea de la reencarnación. En su personaje Orígenes se muestra ambiguo en relación a ésta ya que unas veces la considera aceptable y en otras, la rechaza.

«Cada cual, por consiguiente, de aquellos quienes descienden hacia la tierra es, de acuerdo a sus méritos o a la posición que tenía allí, ordenado para nacer en este mundo ya sea en un lugar diferente, o en una nación diferente, o en una ocupación diferente, o con diferentes debilidades, o para ser descendiente de padres religiosos o al menos píos, así como a veces para producir que un israelita descienda entre los escitas y que un pobre egipcio sea traído a Judea».

De Principiis IV Cap. 3, 10, 26, 23.

 

Hipólito, otro de los personajes de Eusebio del que confiesa que no puede nombrar  ni siquiera la comunidad donde este comentarista y teólogo bíblico sirvió, escribe sobre un escita que visitó la India alrededor del año 50, de donde trajo “la doctrina de los Dos Principios”.

Por último, un fragmento de dudoso origen de un tal Arquelaos de Carran, actual Harran en Turquía, del año 278 menciona el nacimiento virginal del Buddha.

 

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