¿Qué hacemos con los budistas?

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Pero ¿qué hacemos con los buddhistas?

La primera cuestión sería: pero ¿hay buddhistas realmente?

Y la segunda es que si los hay ¿qué sentido tienen hoy día?

Solo hay que emplear la lógica y después, si queréis, la apoyamos con los textos.

 

Lo primero, ¿Cuál es el fin, el objetivo, la meta del buddhismo?¿Esto para qué sirve? ¿Para qué vale? La contestación es fácil: para destruir la existencia y quedar libres de la condicionalidad del Samsara y fundirse en Nibbāna. Dicho de otro modo, para evitar definitivamente todo sufrimiento, todo dolor, enfermedad y muerte hay que evitar nacer, y para evitar nacer hay que arrancar la existencia. Si no existes, no naces. Si existes, naces.

El Buddha era radical a este respecto:

Colección de Discursos Agrupados Numéricamente
AN 1. 329-332 Tercer Subcapítulo

—Así como incluso una pizca de excremento, o de orina, o de saliva, o de pus, o de sangre todavía apesta, no apruebo ni una sola pizca de existencia, ni siquiera tan corta como un chasquido de dedos.

 

Es decir, cualquiera de nuestros esfuerzos debe dirigirse hacia la erradicación de la existencia, o como también se llama, la iluminación completa. Se llama así porque cuando el individuo ve realmente, es cuando puede arrancar la existencia, porque ésta se oculta en el fondo de las tinieblas de la ignorancia.

Y ¿cómo se logra?

Aquí hay siempre dos formas, o bien por uno mismo o bien con la ayuda de uno que lo ha logrado por sí mismo y, además, está dispuesto a enseñar.

Quien lo logra por sí mismo, sin ayuda de nadie, es un buddha. Ahora bien, una vez logrado, lo normal es que no se decante por enseñar porque no tiene razón ni motivación para hacerlo. Son los paccekabuddhas o buddhas solitarios. No se dan a conocer y pasan desapercibidos. Si se decantan por enseñar, lo que es un caso muy extraño, estamos ante un Sammasambuddha o un Buddha completamente iluminado. No puede haber dos simultáneamente ni tampoco aparecen antes de que el Sāsana del anterior no esté completamente extinto.

La palabra Sāsana significa enseñanza, orden, mensaje, instrucción, doctrina; y se viene refiriendo a la doctrina del Buddha, tal como aparece en DN 3; DN 18 y MN 21. Los tres pasajes referidos nos evidencian como es la metodología didáctica del Buddha que usa, como no, las abhiññās, en este caso ser capaz de abarcar la mente de otros. En el primer caso Pokkharasāti recibe la instrucción del Buddha cuando éste ve que su mente está lista para recibirla. En el segundo caso, Janavasabha recibió la Sāsana del Buddha adecuadamente y lo convirtió en un sakadagami, uno que retorna una sola vez. El tercer pasaje describe al Buddha sabiendo cuando, una vez impartida la Sāsana, los bhikkhus solo tenía que emplear su concentración.

Se comprueba que, en todos los casos, el Buddha es quien pone la semilla de la iluminación en cada quien, la Sāsana. Es evidente que la persona debe ser un campo fértil, es condición necesaria en dependencia del kamma del discípulo. Por eso, no tiene sentido impartir la instrucción en alguien cerrado, que es como sembrar en un pedregal. Un Buddha se abstiene de perder el tiempo sembrando en pedregales.

Vemos pues a un Sammasambuddha sembrando la semilla de la iluminación en personas corrientes. Para eso es para lo que sirve un Buddha. Esta es la tercera vía para alcanzar la iluminación, la condición de ser discípulo de un Sammasambuddha, porque los paccekabuddhas no admiten alumnos.

Es completamente ilógico sostener que una persona corriente, no completamente iluminada puede enseñar. ¿Enseñar qué? ¿Enseñar cómo? ¿Enseñar a qué? Alguien que no conoce ni el qué ni el cómo no puede enseñar, ¿qué va a enseñar? ¿lo que hay en libros o en dichos o en qué? No tienen en ellos la semilla, por lo que no pueden colocarla, porque para colocarla es imprescindible ser capaz de abarcar la mente de los demás. Si no, ¿cómo pueden colocar algo en un lugar que no ven? Y por último, no pueden enseñar a iluminarse, igual que un ciego no puede enseñar a otro ciego.

Esto, que es de una evidencia palmaria, parece que se oculta o se evita. Veamos por qué.

Sāsanantaradhāna significa la desaparición o decadencia de la enseñanza de un Buddha. Esto llevó a diversas elucubraciones en los comentaristas budistas posteriores con resultados que se llegan a ver hoy.

Una línea mantenía que no podría aparecer un nuevo Sammasambuddha hasta que la Sāsana del Buddha Gotama estuviera degenerada y decadente y no sirviera para la iluminación. La otra tesis sostenía que la Sāsana del Buddha Gotama duraría 5.000 años, un cálculo que no sabemos cómo surgió, pero sí donde: en Sri Lanka. Esto provocó un desánimo general ante la perspectiva de tener que esperar cinco milenios para tratar de conocer al nuevo Buddha y así poder escapar del Samsara.

En estas tesis se mantienen la mayoría de los budistas étnicos, cuya práctica se limita a acaparar mérito para llegar a conocer en una futura vida al próximo Sammasambuddha. De las tres fuentes de mérito: meditación, vida ética y generosidad emplean las dos segundas debido a que la práctica de la meditación sin un Maestro es perniciosa y termina conduciendo al infierno, lugar donde de ninguna manera podrían conocer al Buddha ni salir del Samsara.

Así se llega a ver la tradición de Dāna, donar, basada en el ejercicio práctico del desapego de lo material que alivia el sufrimiento. Por eso, el cómo se dona es fundamental. Es meritorio si no te importa y no si te remuerde, esto es porque el practicante va removiendo el deseo y la aversión. A quien se da es igual de importante, dar a un malvado es un acto de maldad, dar a un Bendito es un acto meritorio.

Los mayores beneficiarios de la Generosidad son las comunidades monásticas,  pues se supone que llevan una vida más ética que el resto, por tanto, proporciona más mérito. Esta suposición ha derivado en el mantenimiento de una clase de parásitos sociales que viven del resultado del ejercicio de dar de los laicos, los monjes, cuya única condición es que mantengan una apariencia de virtud mediante la observación de un amplio conjunto de reglas, lo que suelen hacer de forma superficial, estentórea y escrupulosa.

En los países budistas, el monacato ha acabado siendo una especie de sindicato que presta servicios de seguridad social, seguro de desempleo y servicios sociales en el que los parados entran hasta que económicamente se recomponen y regresan a la vida laica, mientras que viejos y vagos suelen permanecer de por vida. Lo más atractivo es que gozan de un prestigio social desmedido.

Los monjes son muy celosos de su fuente de ingresos por lo que se revuelven frente a cualquiera que aparezca como más elevado que ellos porque perderían su fuente de ingresos y con ello su ansiada forma de vida. A consecuencia de esto los monjes no tardan en mostrar una violenta hostilidad ante cualquier logro, descalificando e insultando con el «arrogante» por delante a cualquiera para evitar que sus clientes se les escapen y les dejen de mantener. Es una vieja falacia «ad hominem» con la que defienden su desahogado modo de vida.

¿Qué se puede hacer con esta gente?

 

 

Por otra parte, en la Birmania del siglo XVIII surgieron dos movimientos milenaristas ante la llegada de la mitad del periodo, es decir, los 2.500 años, lo que propició el surgimiento de dos conocidas herejías birmanas el movimiento Vipassana y el Weizza-Lam.

El primero lo promovió un oscuro monje llamado Medawi que predicó, hasta su huida a las montañas perseguido por el Sangha oficial, que no se necesita ningún Buddha para iluminarse. Según su autor, era suficiente con seguir ciertos ejercicios de meditación inventados por él. Para vender su idea a los monasterios, aseveraba que los practicantes de vipassana al morir no se descomponían, por lo que se podía hacer un buen negocio vendiendo la momia del practicante a trozos como reliquias.

El Weizza-Lam usa la magia negra para convertir al practicante en inmortal y asi poder esperar vivo al próximo Buddha, para ello se entierran vivos y, si a las dos semanas el cadáver ha desaparecido o está incorrupto, significa que el mago lo ha logrado. Lo habitual es que aparezca en proceso de descomposición, pero también de alguna manera sirve.

Aunque a finales del siglo XIX ambas prácticas estaban relegadas al ostracismo, el revival budista experimentado en Sri Lanka llegó a Birmania a la vez que el establecimiento de la colonia británica. La llegada de occidentales a Birmania ávidos de conocer y rescatar lo más «puro» de la cultura budista produjo una serie de «eruditos budistas» que vieron la oportunidad de vender a los occidentales estos productos espirituales. Ledi Sayadaw fue el primero de ellos y buscó la forma de asentar ambas prácticas, la de la magia negra y el vipassana en los textos a partir de comentarios, para ofrecérselas a los amos occidentales.

Tuvieron una acogida desigual, los occidentales rechazaron el Weizza-Lam obviamente, pero se quedaron con el Vipassana. Lo llevaron a Occidente como si fuera una perla de sabiduría y, apoyado en los movimientos New Age, hoy se encuentra hasta en la sopa. Y no solo es un gran negocio, sino que, además, está sirviendo para blanquear dictaduras militares como la birmana y la thailandesa.

Vipassana condiciona al cerebro a soltar cualquier objeto que aparezca en el campo de la atención por lo que destruye la concentración. Una vez destruida, no hay nada que hacer. No pueden hacer jhānas por lo que es imposible que puedan iluminarse.

¿Qué hacemos con los buddhistas occidentales, si todos ellos han adoptado el «mindfulness»?

Y regresamos a la primera pregunta: ¿qué hacemos con los buddhistas?

 

No se conoce ningún caso en los textos de que le apareciera al Buddha un rezagado practicante de la Sāsana del Buddha Kassapa, su antecesor, y el Buddha buscara alguna semilla perdida y muerta de Kassapa para ponérsela. Suena tan absurdo como que un budista practicante hoy quisiera iluminarse. Se agarran a semillas muertas y el resultado es muerte, el regocijo del Māra.

 

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