Meditación

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Podemos ahorrarnos hacer un tratado completo sobre la Meditación simplemente contestando a la pregunta del sabio: ¿Para qué?

La meditación es una de las técnicas cuyo objetivo es la iluminación. Aquellos ritos y prácticas cuyos objetivos, fundamentalmente de índole económico, social y religioso, difieren de la iluminación no pueden llamarse Meditación.

El burro llamado Caballo, es un burro, no es un caballo.

Como sabemos hay dos medios para iluminarse, o bien por nuestros propios medios tomando refugio en uno mismo, el camino de los Buddhas, o bien, tomando refugio en un Buddha vivo, tomándole de maestro para que nos enseñe a cómo liberarnos nosotros mismos. Esta es la función de los Sammasambuddhas, para eso están, para eso aparecen en el orden mundial. No surgen para posar como modelos de estatuas destinadas al culto de alguna religión étnica. De igual forma, cualquier espontáneo puede hacer la función de un Sammasambuddha por mucho que cobre o seguidores tenga. Eso sí, el espontáneo puede hacer de modelo para que sus seguidores le adoren y su ego engorde.

Empachados de ver como los “maestros de meditación” se hacen pasar por Buddhas, vamos a analizar estos términos.

La enseñanza es individualizada a extremos inauditos. El proceso de iluminación sucede siempre en el lado del alumno. Él es quien tiene que hacer todo el trabajo y lo que es peor, la situación en la que está en cada momento solo la puede saber quien pueda leerle la mente, una abhiñña propia de los Buddhas. Hasta que el alumno no llega a un punto no puede entender lo que se le dice. Da igual que se le repita lo mismo, solo lo entenderá cuando llegue ahí. Los progresos en una enseñanza intervenida son rápidos, si el kamma del alumno lo permite. Si no, es una pérdida de tiempo.

La enseñanza fluye navegando entre los obstáculos. Y como cada alumno tiene los suyos privativos, las técnicas deben personalizarse a cada situación. Es un trabajo artesanal. La estandarización no sirve.

Las técnicas de meditación son propias de cada Buddha. Las descubre para iluminarse a sí mismo y, si es inclinado a enseñar, las adapta a cada situación de cada alumno. Si éste no está listo, no le insistirá. Si no está dispuesto, es imposible enseñarle. Puede suceder que vivas años junto a un Buddha y que éste nunca te insinúe una enseñanza. Todo el proceso está en el lado del alumno.

Todo es todo.

Solo queda observar el momento, si es que alguna vez llega. Y cuando llega, todo puede ponerse a fluir.

Podemos observar, ya sin sorpresa, que el Buddha Gotama nunca explicó técnicas de meditación. Únicamente hizo referencia a ellas en los textos, pero nunca entra a fondo, nunca las explica. Además, sabemos que quien recopila los recuerdos en el primer concilio es Ānanda cuyo interés estaba más en trapichear con túnicas que en meditar, a pesar de las regañinas que se llevaba por parte del Buddha.

Así vemos que cuando se refiere al ejercicio que lleva a la primera jhāna se refiere a él como vitakka-vicāra, textualmente “fijación de la mente en la dirección del movimiento” o también se refiera a ella cuando pone de ejemplo al “hábil tornero o su aprendiz, que entiende cuando hace un giro corto o largo”. También nombra el resto de las jhānas diferenciándolas por los componentes que van eliminándose. Pero nunca dice cómo se hace. Sucede igual con la Ayatanas y con las Abhiññās. Incluso cuando describe el proceso completo como en MN 121: Cūḷasuññata Sutta, El Discurso Pequeño sobre el Vacío, hace una completa relación de estados meditativos, pero no entrega ningún procedimiento.

Pero no solo es meditación. Tampoco explica la aplicación práctica del Noble Óctuple Camino, o Vía Principal de Ocho Carriles. Nombra cada carril pero no entra a su aplicación. Tampoco se ocupa de la Entrada en la Corriente, proceso clave e irreversible que es el que determina la liberación. Ni siquiera hace una referencia a la técnica, solo se ocupa de las verificaciones.

Además ¿para qué? ¿a quien le sirve conocer la técnica más que a él mismo?

Lo único que podría conseguir es darles combustible a los infernales propagandistas del dhamma negro que lleva a la perdición propia y a la de sus discípulos.

Esperar hasta que no aparezca un nuevo Buddha solo cabía esperar y alcanzar méritos para llegar a conocerlo y estar listos para la enseñanza era un conocimiento común en los países budistas. No es de extrañar que los bhikkhus no meditaran, que no tengan ni una sola regla de meditación puesto que solo un Buddha puede dar la instrucción.

Este status quo empezó a quebrarse en Birmania a finales del siglo XVIII cuando, según las cuentas de los eruditos theravadines, habían llegado a la mitad del Sāsana, o tiempo de duración del Dhamma de Gotama. Ellos habían calculado su duración en cinco mil años, y según su cronología ya habían alcanzado los dos mil quinientos, justo la mitad. El ansia milenarista dio origen a dos sectas heréticas que fueron reprimidas por el débil clero de la época, la vipassana y la weizza-lam. Los primeros no querían esperar más y Medawi inventaba técnicas ridículas para meditar y tratar de alcanzar la iluminación rápidamente cuya prueba sería que su cadáver no se descompondría y se podría vender a trozos como reliquias. Los segundos, gracias a la magia negra, proponían conjuros y hechizos para llegar a la inmortalidad y así poder conocer al Buddha en esa misma vida, enterrándose vivos para transmutarse en guerreros inmortales del Dhamma. Estas atrocidades inicialmente no tuvieron eco en la sociedad birmana y menos aún en el clero.

Tuvo que llegar la derrota ante el Reino Unido junto con la intervención teosófica en el rescate del budismo en Sri Lanka para que en Birmania el bhikkhu Ledi Sayadaw en 1886 rescatara estas dos prácticas para ser vendidas al dinero occidental ávido, primero de conexiones espiritistas, luego de formas de alcanzar del mito de Shangri-La y ahora de técnicas de meditación para reducir el estrés o cualquier otra indicación terapéutica de moda. El clero, ante el éxito económico y de imagen en Occidente, acabó cediendo y permitiendo estas prácticas.

El resto es sabido. ¿Cuántos “maestros de meditación” conoces, tratando de vender sus fabulosas habilidades en el mercado, destrezas iguales o superiores a las de los Buddhas completamente iluminados?

¿Ahora ya te parecen patéticos?

Las técnicas de meditación las descubren y las usan los Buddhas en sí mismos y luego en sus  alumnos. No hay más.

Así pues, un Libro de Prácticas carece de sentido.

Si te quieres liberar, te ahorras el libro (“un buen libro es aquel que arde bien”) y empleas tu dinero en el viaje.

Así fue, así es.

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