Los Santos Inocentes

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Para ciertos theravadines, la figura de Mae Chee Kaew es especialmente reveladora, ya que cumple ciertamente con los estándares de su práctica sectaria. Es mujer, campesina y de una remota región de Thailandia que abandona a su marido para hacerse monja.
Toda su vida es un ir y venir de un maestro a otro, y de emplear larguísimas horas de meditación. Pasó por las manos de los maestros theravadines más reputados de su época y aprendiendo de ellos.
A su muerte la elevaron a los altares, porque consiguió, según ellos, el éxito final: el arahantado. Así que sus cenizas sirvieron de reliquias para que la gente se postre y adore…
Igualito que los santos católicos.
Las ventajas de su figura para promocionarla eran evidentes: era humilde y no escribió nada, por lo que así se evitaba que se pudiera comprobar lo que de ella decían.
Como los pastorcitos de Fátima.
Y bien, ¿qué fue lo extraordinario que logró Mae después de muchos años de práctica ascética durísima, y que sorprendió a todos?
En palabras de su biógrafo Dick Silaratano, la descripción de su éxito fue así:
 
 
“La meditación de Mae Chee Kaew destruía los patrones mentales que han dominado la existencia samsárica durante eones. Ni un solo pensamiento logró surgir o formarse, lo que indicaba que la atención plena verdadera y espontánea había nacido. La observación espontánea de la mente era atención pura e impoluta, que conducía de manera natural a la visión penetrante clara y perspicaz. Cuando la mente entiende claramente con sabiduría intuitiva que no se puede encontrar un “yo” dentro de los fenómenos mentales, surge un desapego liberador por sí sólo. Al poderse enfocar mejor la concentración mental, las corrientes enviadas por la mente se hacen más cortas y más limitadas. Mae Chee Kaew había investigado y comprendido los fenómenos conceptuales tan a fondo que la esencia clara y luminosa ya no contactaba con ellos conscientemente. Los pensamientos e imaginaciones en la mente habían llegado a pararse completamente. La naturaleza sabia y esencial de la mente destacaba por sí sola. A excepción de una atención pura muy refinada una atención pura que impregnaba el cosmos entero nada apareció en absoluto. La mente trascendía las condiciones de tiempo y espacio. Una esencia luminosa del ser que parecía ilimitada, aunque maravillosamente vacía, lo impregnaba todo a través del universo. Todo parecía estar lleno de una cualidad sutil de conocimiento, como si nada más existiera. Purificada de las cosas que nublan y oscurecen su esencia que todo lo abarca, su mente reveló su verdadero poder. Cuando las consecuencias de la ilusión se habían cortado por completo, su mente convergió en un núcleo de resplandor sublime un resplandor tan majestuoso e hipnotizante que Mae Chee Kaew estaba segura de que significaba el final de todo el sufrimiento que ella había estado tratando de lograr. Habiendo renunciado a todo apego a los factores de la identidad personal, el sutil esplendor radiante en el centro de la mente se convirtió en el único foco que quedaba. El punto objetivo de su atención pura era tan sumamente delicado y refinado que era indescriptible, y emitió una felicidad que no tenía precedentes y era tan maravillosa que parecía transcender del todo el ámbito de los fenómenos condicionados. La mente luminosa exhalaba un fuerte sentido de poder e invulnerabilidad. Nada parecía poder afectarla. Mae Chee Kaew estaba ahora segura de que había finalmente realizado la meta final, Nibbana.”
 
A primera vista puede parecer mágico y sorprendente y la conclusión obvia.
Pues no.
Los theravadines son consumados expertos en no conseguir nada, por lo que el mínimo logro, usando sus penosísimos métodos de meditación, es Nibbāna. Así, a quemarropa.
Para ellos no cabe la más mínima duda. Si alguien consigue parar el pensamiento, disolver el yo, al acabarse los conceptos, al quedar solo una atención pura, al suprimirse la aversión y el apego, y al suprimirse el sufrimiento, no cabe la menor duda: eso el Nibbāna.
Pues va a ser que no.
Ciertamente el mérito de la pobre mujercita es enorme: usando lo terribles métodos theravadines consiguió nada menos que… ¡la primera jhāna!
O sea, logró empezar, digo bien, empezar a meditar, por primera vez un poquito. Un poquito pequeño. Pero con los métodos extraídos del Buddhaghosa el grumoso, que jamás se puso a meditar, reelaborados por los maestros más insignes del Theravada del siglo XX, el resultado era de esperar: para conseguir una pobre primera jhāna tuvo que emplear toda una vida de práctica continua, ascética y dura. Muy dura…
Pobre mujer.
Además, se dio cuenta que no podía enseñar a la gente como lo hizo… porque no hay manera.
Las jhānas se consiguen mediante el método que dio el Buddha, rápido, sencillo y al alcance de cualquiera, o bien se pueden lograr por la fuerza bruta. Los theravadines, que prefieren enfangarse en textos enrevesados sin sentido a leer 18 líneas de un sutta, ofrecen su vida en sacrificio para lograr lo que cualquier hijo de vecino logra en seis sentadas, o en cuatro o en una, dependiendo de la prisa que se tenga.
Así es el theravada. De práctica, nada. O lo que es peor: muy poco y muy cara… increíblemente cara.
Así que esta buena dama, santa de la mayor santidad para los theravadines devotos, compradores de reliquias de santos, ha llegado a lo que llega cualquiera que se vea el curso de jhānas, le eche un ratito y no sea muy tonto.
En fin. Es patético.
Y luego dicen que te puedes iluminar con maestros. Con los que puedes llegar a ver son las estrellas, después de estrellarte con la realidad de la incompetencia y la estupidez.
Es mucho más fácil llegar a Buddha que a Sotapanna con esta gente.
Por último y no menos importante: Mae Chee Kaew incurrió en la más alta penalidad Parajika al declararse arahanta, que conlleva la expulsión inmediata del Sangha…
Hoy estará mirando a esta bola de locos desde el infierno…
Lo que son las cosas.
 

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