La Hora de Meditación

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Resulta hilarante imaginar al Buddha con reloj en mano controlando la meditación de sus arahants, todos ellos apretados en un salón con tufo a incienso, sentados con los ojos entreabiertos, inmersos en ese mixto murmullo de roces de ropajes y eventuales carraspeos, esperando a que pase una hora.

Ni cincuenta ni setenta minutos. Una hora. La hora.

Tienes hambre, entras en un restaurante para comer. Solícito el camarero te sirve un reloj. Pasada una hora, a la leve indicación del chef, te levantas, pagas y vas saliendo. Los comensales entre comentarios sobre lo deliciosa que estuvo la hora de comida quedan en  volverse a ver mañana en este mismo restaurante. A pesar del hambre que tienen, seguirán acudiendo puntuales porque les convenció el tríptico que explica que, si tienen fe en su famoso cocinero, un año de estos, quizás, se les pase la gazuza.

Aunque parece una chifladura onírica, pero este tipo de fiestas factura importantes sumas de dinero, movilizando a una masa humana desnortada a consecuencia de claros síntomas de disfunción mental.

Para quien no lo sepa, no había relojes en la India del siglo IV aEC, ni en ninguna otra parte. Pero menos aún en India donde el concepto del tiempo era más que difuso, tanto que allí hasta los siglos se confunden y mucho más los minutos.

¿Minutos?

«Dadme una hora, y sobre esa hora fundaré vuestra práctica».

La misma hora es una muestra de que  lo que hoy la gente llama «meditación» es una ocurrencia occidental hasta no hace mucho desconocida en Oriente, donde no se «medita». Ante la presión de esta inusitada demanda de «métodos de meditación» no tardaron en surgir avispados emprendedores asiáticos que se pusieron a producir en masa meditaciones de baratillo para surtir de los estantes de estos nuevos bazares orientales llamados salas de meditación, templos o centros budistas a un público entregado.

Todo se centra en el concepto de «hora», una cantidad de tiempo suficiente para mantener distraída a la clientela con diversos entretenimientos absurdos que es en lo que varían unas «técnicas» de otras, aunque lo importante es el nombre comercial que se le dé, no al entretenimiento en sí. La conocida marca «mindfulness» que es como la Coca-Cola de las meditaciones, hoy sirve para denominar desde uno de los más abstrusos tantras tibetano, al simple conteo de respiraciones o la observación neutral de inagotables pensamientos sin cuento.

La hora es la cantidad de tiempo suficiente para que el cliente lo pase realmente mal, pero que repita. Más allá de la hora se considera tortura y ahí ya la gente huye.

Es el conocido el efecto chile consistente en el disparo de serotonina en cerebro como respuesta de recompensa por haber sobrevivido a un evento donde se ha pasado realmente mal lo que actúa aquí y engancha como cualquier droga a los participantes: cuanto peor haya sido la meditación, más satisfechos salen los clientes.

Se trata de una clase de placer sensual muy adictivo relacionado con el consumo de drogas, similar a esnifar cocaína o jugar en una casa de apuestas. Mientras que en el primero sabes dónde te metes y en el segundo te arruinas, aquí destrozas tu capacidad de concentración.

Por eso mueve tanto dinero.

Si a eso añadimos que su clientela se nutre de personas vulnerables a las que no se les ha facilitado una información fiable, carecen de criterio propio y se comportan como adictos resulta increíble que estemos ante una actividad legal.

De momento.

 

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