Fisiología de los Estados de Jhāna

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Hemos visto que los diferentes estados de Jhāna están inducidos por drogas, las propias que el cerebro genera, y que según se va profundizando en ellos, desde la primera hasta la cuarta, el número necesario de estas drogas disminuye, lo cual parece algo extraño, pero no lo es.

Lo que más asombra tanto a los que la practican como a aquellos que la presencian es que el estado se establece durante un intervalo no menor de cinco minutos y no superior a quince, donde los ocho minutos es la media habitual, y durante ese tiempo no se respira, se permanece en anoxia cerebral (falta de oxígeno).

Si repasamos absolutamente toda la bibliografía de investigación neurológica ésta nos indica que a partir de los cuatro o cinco minutos las afectaciones en las neuronas que muchas mueren provocando secuelas permanentes e incluso la muerte. No hay ningún estudio que contradiga lo anterior, y la literatura científica deriva hacia los posibles tratamientos de rehabilitación cognitiva.

Solo existe un estudio hecho en ratas jóvenes en las cuales se ha determinado que las drogas endógenas, en este caso suministradas directamente en el cerebro, tenían una función protectora de las neuronas, por lo que, según este estudio, las ratas podían estar más tiempo en anoxia sin secuelas aparentes.

El estado de Jhāna funcionalmente supone la desconexión casi total de las funciones cerebrales quedando únicamente el sentido del oído atenuado pero activo. Es interesante hacer notar esto, porque el oído, al contrario del resto de los sentidos no va primero al sistema límbico sino al neocórtex, debido a que es necesaria una evaluación de alto nivel para saber si un sonido representa una amenaza grave e inminente. Para determinar el tamaño de un posible animal cerca y su agresividad, es necesario procesar muchos datos. En el caso de que esta evaluación sea positiva, lanza la alerta a la amígdala poniendo al sistema límbico en alerta y con él al resto del cuerpo.

El resto de sentidos, como la vista o el olfato primero van a la amígdala e inmediatamente dan respuesta en caso necesario, y con posterioridad se envía la señal al neocórtex para que reevalúe la situación… pero ya estaremos en alerta.

Esto nos puede indicar que en el estado de Jhāna el sistema límbico está apagado.

También sucede con los centros del habla y la conceptualización. Esto se ve cuando al salir de la Jhāna el meditador no puede articular palabras y le cuesta mucho conceptualizar.

El número de zonas cerebrales activas es muy pequeño porque, aparte del oído, no hay actividad aparente para el meditador y para el observador, siendo muy diferente al estado se sueño profundo en el que, si los comparamos, tiene mucha actividad.

La primera Jhāna requiere de cinco drogas, dopamina, serotonina, anandamida, epinefrina y encefalina, aparte de realizar el ejercicio correspondiente. Sin embargo, la segunda se diferencia de la primera en que no hay ejercicio alguno. La segunda se logra después de repetir la primera regularmente durante un tiempo. Como no hay ejercicio que hacer no se puede alguien a practicar esta Jhāna ya que no hay nada que hacer.

El cerebro va predisponiéndose a entrar en Jhāna sin necesidad de ejercicio, pero con las drogas descritas.

La tercera Jhāna no hace uso de la dopamina, y la cuarta de ninguna.

Si integramos esta información con lo anterior podemos deducir que cada estado aun siendo más profundo requiere menor protección de neurotransmisores, por lo que de ser posible hacer la cuarta sin entrenamiento podría provocar los daños cerebrales descritos o incluso la muerte.

Desconectar el cerebro, y lo más interesante, que es reiniciarlo tiene una utilidad enorme no solo en el campo del dominio de la mente sino en neurología, al ser posible parar su actividad sin necesidad de consumo de oxígeno para poder hacer operaciones con el paciente despierto.

Al reiniciarse el cerebro es cuando el meditador comprueba que se ha limpiado de pensamientos reactivos y que solo piensa si quiere pensar, exactamente igual que nos lo describe el Buddha.

Es evidente que, si queremos dominar el sistema límbico, nuestro cerebro de anfibio, hay que hacerlo así, de forma físico-química, apagándolo. Tratar de razonar con él, desde un neocórtex que está dominado por la rana es tan estúpido como querer razonar con un cocodrilo que tiene hambre y te tiene atrapado.

 

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