Cuando Roma Trasmutó A Buda en Jesucristo (VIII). El Populismo Constantiniano

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En los tiempos de bonanza económica, cuando el dinero es abundante y fluye por todo el sistema económico, los valores de la sociedad son materiales, hedonistas, individualistas y el objetivo es la mejora económica y social. Mientras haya fe en el futuro, en que mañana será mejor que hoy, las personas mantienen su responsabilidad individual y tratan de mantener al estado lo más pequeño posible. En este ambiente, el populismo no tiene ninguna opción.

Sin embargo, el reiterado déficit comercial con India llevó a Roma a una crisis monetaria sin precedentes que desencadenó una hiperinflación agravada con el efecto Cantillon. Esto llevará asociado a un cambio de paradigma en la sociedad y cultura romanas. Todas las características de los regímenes populistas se dieron durante y a partir del reinado de Constantino I, llamado «El Grande».

Esta estrategia populista acabará arrastrando a Europa a sumergirse en la Edad Media, en medio del derrumbe de todo el sistema grecolatino, abriendo paso a un nuevo modelo de economía y sociedad.

El populismo no llega ahí por pura casualidad, realmente es porque el Imperio no ha logrado establecer igualdad ante la ley y la justicia, sino que existen grupos  de interés privilegiados por la cercanía a las instituciones, las mismas que el populismo se encargará de desmantelar poco a poco: los tribunos, el senado, la justicia…

Los líderes populistas consideran que se les ha dado el poder de hacer lo que consideran necesario incluso incumpliendo las leyes con tal de cumplir con la supuesta voluntad divina. Y es el propio líder populista el que decide lo mejor para el «pueblo».

Por supuesto, ese paraíso de bienestar prometido nunca llega y, en general, solo terminará notándose en la mejora del nivel de vida de los que ejercen el gobierno y su círculo más cercano. Las personas empezarán a ver sus derechos violentados y tendrán  cada vez menos posibilidades para decidir cómo encauzar el rumbo de sus vidas, dándose así un proceso de infantilización de la sociedad. Sólo los funcionarios iluminados tienen las soluciones. Así se transforma a los ciudadanos en esclavos de un populismo paternalista.

Los grandes líderes populistas coinciden en tomar una parte de la población y volverla como el enemigo interno que, junto con el enemigo externo, se convierten en lo que los populistas llaman el «antipueblo». El populista buscará insertar el odio en la sociedad hacer que el «pueblo» odie al «antipueblo». El «pueblo» es un cúmulo de todas las virtudes de una sociedad. Es honrado, es desinteresado y nunca se equivoca, es el mejor líder.

Esta dicotomía logra insertar el odio en la sociedad y logra que el  «pueblo» se enamore de él y le perdone todos los nuevos actos de corrupción, cambios en las leyes, en el Derecho,  porque supuestamente todo lo que el populista hace es en nombre del «pueblo» y cualquier cosa que vaya mal siempre será culpa del «antipueblo».

Todo esto se refuerza con actos de adoctrinamiento masivo en asambleas, en reuniones periódicas y también en el sistema educativo. Se favorecerán estos cenáculos para repartir pan y vino entre el «pueblo» después de aleccionarle.

El líder populista es absolutista y buscará amalgamar todos los poderes del estado en una sola mano. El programa populista se completa con la idea de satisfacer necesidades sociales y publicitarlas de tal manera que el líder es quien cura las injusticias en la sociedad. De esta forma, se incrementan el gasto público, se multiplica el empleo estatal, se suben las dádivas, los subsidios y las bolsas de comida y para poder financiar todas la cosas que regalan y que dicen que son gratis. Aumentan los impuestos, aumentan la deuda pública y aumentan la inflación que se come el ahorro de los pobres. El aumento de los gastos del estado nunca les alcanza y los servicios y las prestaciones a los ciudadanos cada vez son más escasos.

El programa populista incrementa el consumo desincentiva la inversión descapitaliza la economía. El sector productivo continúa siendo expoliado hasta que el dinero se acaba. La economía entonces entra en estanflación y los gobiernos desesperados empiezan a tomar otras medidas hasta que hay algún punto donde la economía colapsa.

Por supuesto, la culpa nunca es del populista y cuando las cosas empiezan a ir mal el populista empieza a culpar a los enemigos externos e internos que previamente se inventó. El populismo ama tanto a los pobres que los multiplica.

 

 

Constantino durante los años en los que su padre Constancio I Cloro, como césar de Occidente, estuvo apuntalando la frontera noroeste del imperio y luchando por regresar a la disciplina monetaria a Carausio, estuvo en Nicomedia en la corte de Diocleciano. Allí fue consciente del problema económico que tenía el Imperio y que era la raíz de todos sus males: sucesión de emperadores, golpes de estado, problemas en las fronteras, caída del comercio, autarquía del campo, dificultad creciente en la recaudación de impuestos… Un estado con la moneda fallida, no tarda en convertirse en un estado fallido.

El lujo que veía en la corte se iba disipando en cuanto se alejaba de ella, con las ciudades despoblándose y los ciudadanos perdiendo derechos transformándose en cliens con tal de comer un día más. Todo el poder del Emperador solo servía para ir parcheando problemas a menor ritmo de los que se iban creando. El fulgor de Roma se había disipado en los barcos que se llevaron su oro hacia la India y solo dejó problemas, poco pan y menos circo. Constantino incluso terminó aboliendo las luchas de gladiadores.

Bajo la tutela de Diocleciano y su césar Galerio tuvo un acceso privilegiado a tratar con los embajadores de los diferentes reinos e imperios con los que Roma trataba y, entre ellos, su antiguo socio comercial, el ahora decadente imperio Kushān del emperador Vasudeva II.

Este imperio, siglo y medio antes, en la época de Kanishka «el Grande» se enfrentó a un desastre monetario similar, cuando convirtió las monedas de cobre en tokens garantizadas por las de oro. Sin valor real, sino uno muy inferior, Kanishka con ello vió la posibilidad de disponer de muchos más recursos de los que realmente disponía. La consecuencia inmediata se produjo cuando se usó el cobre para comprar el oro de los Kushānas, a mitad de precio, a través de la falsificación o usando moneda extranjera. De esta forma, cuando el oro ya no pudo sostener al cobre, todo se derrumbó. Además sucedió en la conquista del norte de India donde la clase brahmánica detentaba el poder económico y social. Una clase que no podía aceptar que un extranjero sin casta los dominara.

Kanishka enfrentó la situación con una estrategia puramente populista. Identificó como «el enemigo» a la clase brahmánica. Al ser la legitimidad de los brahmanes de índole religiosa, el emperador construyó una religión con la que las castas inferiores se identificaran y que los enfrentara. El resto es conocido, encarga a Ashvaghosa, un famoso poeta brahmán la creación al efecto de un personaje mítico al que identifica con el Buddha histórico. Lo acicala con todo tipo de adornos mágicos y fantásticos en su obra El Buddhacarita. Este ser compasivo y maravilloso, que camina sobre las aguas, que nace de una virgen, es un fabuloso príncipe de cuento de hadas que renuncia a los placeres materiales para convertirse en un renunciante pobre que salvará a la humanidad del sufrimiento por su infinita compasión.

En el Buddhacarita los malvados brahmanes serán reiteradamente sometidos y aceptarán finalmente la verdad y majestad del Buddha identificando como bien superior la renuncia frente a la riqueza, lo que sirve para identificar al personaje como «pueblo».

Kaniska también encarga a Ashvaghosa la confección del cuerpo de lo que será la religión «budista» Mahāyana y será presentada en lo que se llamó el Cuarto Concilio Budista en Cachemira, donde se revisará y fijará todo el canon budista bajo la perspectiva de la secta Sarvastivadin. Para alcanzar el consenso con todas las sectas Kanishka optó por tolerar la divergencia, algo que le resultó natural, porque sus mismas creencias eran sincréticas. Sin embargo, esta tolerancia acabaría en la desintegración de la unidad budista y la adopción de diferentes credos por parte de los sátrapas de las provincias con el consiguiente debilitamiento y decadencia del imperio Kushān a principios del siglo IV.

Constantino entiende que puede aplicar esta solución populista adaptándola a la realidad romana. En lugar de los brahmanes, el «antipueblo» serán los judíos precisamente porque son una religión, eran los que mantenían el escaso comercio y fijaban los precios, acumulaban la moneda y eran mal vistos por el «pueblo» romano. Además, aunque como la mayoría de los romanos tampoco tenía una fe definida, jamás permitirá disensión alguna en el seno de su nuevo «pueblo», favoreciendo a la secta que resultara mayoritaria y persiguiendo cualquier clase de disensión, lo que marcará la dinámica en los siglos siguientes y la pervivencia de la asamblea (iglesia) del «pueblo».

Constantino tendrá acceso al Buddhacarita, una obra muy difundida entre los mismos embajadores y comerciantes indios, conocerá en esos años a Lucio Lactancio, un reconocido retórico, que fue llamado por Diocleciano a su corte. Su animadversión hacia los judíos le ganó la simpatía del futuro emperador que le encargará que adapte el Buddhacarita indio a tierras palestinas y a tres siglos atrás, donde el héroe pobre será víctima cruel de los judíos ricos. Así nacerá su nueva religión: el cristianismo, que germinará inicialmente en las áreas poco definidas de un paganismo con problemas y de una conversión parcial o total al judaísmo donde hará fuertes progresos. En la animada cultura de temerosos del Señor, conversos parciales, conversos plenos, judíos cristianos y judíos de nacimiento, cancelar preceptos mientras se conservaba la creencia en el único dios era una medida revolucionaria de liberación y alivio.

En el mundo cristiano que se levantaba habrá una mayor igualdad entre los miembros nuevos y los ya establecidos, e incluso había cierta preferencia por los «pobres de espíritu», es decir, por los recién llegados. La joven religión se cuidó de descartar el elemento de la genealogía privilegiada: «No hay judíos ni griegos, no hay ni esclavos ni hombres libres, no hay ni hombres ni mujeres: vosotros todos sois uno en Cristo Jesús. Y, si vosotros sois de Cristo, entonces sois de la simiente de Abraham y sus herederos de acuerdo con la promesa».

 

Y no sin razón afirmó Chávez «El Gigante»: Jesucristo era socialista.

 

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