Cuando Roma Trasmutó A Buda en Jesucristo (V). El Efecto Cantillon

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La hiperinflación del siglo III tuvo toda la cadena de consecuencias inevitables en toda crisis monetaria de estas características

Como vimos, desde Caracalla en adelante, los emperadores romanos emprendieron una carrera desbocada de generación de dinero tratando de suplir su falta de valor intrínseco con una emisión cada vez más alta. A menos oro, más chatarra.

El primer resultado, que resulta devastador es el efecto Cantillon.

Richard Cantillon fue un economista de origen irlandés del siglo XVIII que escribió principalmente sobre el dinero y sus efectos en la economía.

Cuando sucede una expansión monetaria, los que se benefician de ella son los que están más cerca del dinero nuevo. En este caso, “cerca del dinero nuevo” significa todos los que pueden acceder al dinero desde el principio. En nuestro caso, aquellos que estén cerca del emperador que es el primer beneficiario del dinero nuevo. Estos agentes económicos obtienen préstamos y realizan inversiones. Los precios comienzan a subir aunque el resto de la población aún no ha recibido nada de ese dinero nuevo.

Los que están más lejos de la emisión monetaria generalmente son los más pobres. No obstante, tienen que pagar los precios más altos a pesar de que no se han beneficiado del aumento de dinero en absoluto. Y nunca se beneficiarán de él de la misma manera que los que recibieron el dinero primero. El resultado es una redistribución de los pobres a los ricos. Según va avanzando el siglo III, la riqueza se va acumulando alrededor de la Corte Imperial, estrechándose el círculo de los beneficiarios según la crisis se va agravando.

El dinero de los impuestos dopado con la emisión de moneda nueva de menor valía va perdiendo valor según llega a los extremos del imperio, mientras los precios suben de forma homogénea. Esto provocará continuos golpes de estado provocados por los militares, tratando de aupar a sus propios generales a la máxima magistratura para ser ellos los primeros en recibir la nueva emisión monetaria. No hacerlo, es condenarse a la miseria, y con ello, a la degradación del servicio.

Simultáneamente a las disputas por el poder del ejército, se dio su incapacidad de mantener el orden en el Imperio.

El caos monetario con el que se encontró Diocleciano, con la moneda sin valor, le obligó a la reforma monetaria del año 301. Gracias a ella pudo equilibrar el presupuesto y volver a dotar a las legiones de los recursos necesarios para que cumplieran su trabajo. Pero no duró mucho, como veremos. El mandato de Diocleciano se distinguió por tratar de poner orden en todas las fronteras, lo que requirió que los soldados cobraran puntualmente y en una moneda que les sirviera para comprar bienes y servicios. El nuevo orden en el imperio consumió los nuevos recursos y al final del mandato de Diocleciano la hiperinflación volvió a la carga.

Un imperio romano bajo el efecto Cantillon provoca que las fronteras se vuelvan cada vez más peligrosas. Pueblos bárbaros que durante muchos años estaban asentados cerca de las fronteras fueron los que más sufrieron este efecto, llegando a colapsar el comercio. Tal como sucede actualmente, cuando una potencia económica entra en crisis, sus vecinos pobres se hunden. Si a esto añadimos un ejército descontento tendremos la fórmula de la caída del Imperio Romano.

Otro de las consecuencias del efecto Cantillon se da en las ciudades. Aquellas que son sede imperial mantienen una pujanza envidiable, mientras que las demás pierden población y se encierran en sí mismas.

En la época de Diocleciano la corte imperial se estableció en Nicomedia, capital del antiguo reino de Bitinia en Asia Menor. Toda el área mantenía el fulgor del imperio mientras que ya para aquel entonces, la misma Roma ya era una sombra de lo que fue, de forma que no era atractiva ni para capital regional, prefiriéndose otras como Mediolanum (Milán) o incluso Rávena un siglo más tarde.

En Britania, una de las zonas más remotas del imperio se llegó a dar el caso de una independencia de facto.

Marco Aurelio Carausio era un hombre de origen humilde, un menapio de la Galia Bélgica que destacó en la campaña de Maximiano contra los rebeldes bagaudas en la Galia en 286. Este éxito, y su antigua ocupación guiando las naves al salir de los puertos, lo llevó a su nombramiento como comandante de la Classis Britannica, una flota con base en el Canal de la Mancha con el cometido de acabar con los piratas francos y sajones que habían estado arrasando las costas de Armórica y su región natal.

Al cabo del tiempo, comenzó a sospecharse que retenía para sí los botines y que permitía a los piratas llevar a cabo sus ataques y enriquecerse en lugar de actuar contra ellos, y Maximiano ordenó su ejecución. A finales de 286 o comienzos de 287 Carausio supo la sentencia y contestó declarándose Emperador de Britania y norte de la Galia.​ Sus fuerzas abarcaban no sólo su flota, aumentada con nuevas naves construidas por él, y las tres legiones asentadas en Britania, sino también una legión con la que se hizo en la Galia, cierto número de unidades auxiliares extranjeras y mercenarios bárbaros atraídos ante la perspectiva de sacar un buen botín.

Carausio consiguió el apoyo del ejército a pesar de que su poder era sólo marítimo y tuvo una enorme popularidad entre las tropas gracias a que usó el efecto Cantillon en beneficio propio: se lanzó a acuñar moneda propia y llevó su valor al nivel de la romana. Sus monedas eran inicialmente primitivas pero pronto se hicieron más elaboradas y fueron acuñadas en tres cecas: en Londinium, Rotomagnus y en un tercer lugar, posiblemente Colonia Claudia Victricensis. Acuñó monedas con los emblemas Restitutor Britanniae (Restaurador de Britania) y Genius Britanniae (Espíritu de Britania). Un hito de Carlisle con su nombre en él sugiere que toda la Britania romana estaba a su alcance.

Ante tal ataque a la soberanía imperial y monetaria, Maximiano preparó una invasión de Britania en 288 o 289 para expulsarle,​ pero no pudo llevarla a cabo. Un panegírico entregado a Constancio I Cloro lo atribuye al mal tiempo, pero dice también que Carausio se atribuyó la victoria militar. Lo más probable es que las tropas britanas estaban mucho más motivadas que las imperiales: la victoria de las tropas de Maximiano los hubiera sumido a todos en la miseria.

Eutropio dice que las hostilidades fueron vanas gracias a la destreza de Carausio y que se acordó la paz. El usurpador comenzó a tener visiones sobre su legitimidad y reconocimiento.

Esta situación se prolongó hasta 293. Tuvieron que hacer césar a Constancio Cloro para poder equilibrar el efecto Cantillon y así las tropas imperiales respondieran. Constancio marchó sobre la Galia y la reclamó para el Imperio. Aisló a Carausio sitiando el puerto de Bononia e invadiendo Batavia en el delta del Rin, con lo que aseguraba su retaguardia contra los aliados francos del usurpador. No pudo realizar la invasión de Britania hasta que no se construyó una flota apta para la ocasión.​ No obstante, la continuidad de Carausio en el poder estaba sentenciada. Alecto, a quien había puesto al cargo del tesoro, lo asesinó y se hizo con el poder. Su reinado sólo duró tres años, tras los cuales fue vencido y muerto por el subordinado de Constancio, Asclepiodoto.​

Durante los siguientes años, Constancio estuvo en su papel de césar apuntalando la frontera norte del Impero. Todo transcurrió con relativa normalidad hasta el 305 cuando Diocleciano y Maximiano abdican y ascienden a augustos Constancio I Cloro en el depauperado Occidente y Galerio en Oriente.

Galerio colocó a dos de sus socios como césares, de forma que controlaba tres de los cuatro puestos de la tetrarquía. Al no cumplirse la aspiración de Constantino de suceder a su padre como césar de Occidente, Constancio solicitó la presencia de su hijo a Galerio. Constantino se reúne con su padre en Gesoriacum en la Galia desde donde cruzaron el Canal de la Mancha para emprender una campaña en Caledonia contra los pictos.

Pero cuando Constancio Cloro cae enfermo durante esa expedición y muere el 25 de julio de 306, la inquietud en sus tropas se extiende: pasan de estar sirviendo con un augusto del Imperio a quedarse desamparados en el norte de Britania. De estar al principio de la creación del dinero, a la cola. Eso representa la miseria.

En Eboracum, actual York, el general germano Chroco y las tropas leales al fallecido Constancio I Cloro, con la esperanza de mantener su statu quo, proclaman augusto a Constantino, lo que es aceptado de inmediato en Britania y Galia, pero rechazado en la lejana Hispania.

En la carta que Constantino dirige a Galerio, donde le relata los hechos, le solicita modestamente su derecho natural a la sucesión, y lamentaba respetuosamente el entusiasmo de sus tropas que no le habían permitido obtener la púrpura imperial de una forma más regular y constitucional. A pesar del cabreo que le entró, Galerio no tuvo otra opción que cederle el cargo de césar de Occidente, ascendiendo a augusto a su socio Severo II, debido a que sus probabilidades de ganar una guerra contra Constantino en el norte, con la escasez de recursos que había eran más que dudosas.

Esa misma escasez de recursos que sufría Galerio le llevó a imponer una durísima política fiscal en Italia, que hasta ese momento, había estado exenta de impuestos. Así que los italianos no tardaron en buscarse su propio emperador, en este caso Majencio, hijo del jubilado augusto de Occidente, Maximiano, para pararle los pies al ansia recaudadora de Galerio.

Galerio, esta vez sí, ordenó a Severo marchar sobre Roma, confiando que el efecto sorpresa ahogara la rebelión rápidamente. Se equivocó. Severo fue capturado y ejecutado por Maximiano, que se había puesto a ayudar a su hijo y para ello había recibido de nuevo el rango de coemperador.

La gravedad de la situación imponía la presencia del propio Galerio, que partió al mando de un poderoso ejército recabado de las tropas de Ilírica y de Oriente, entrando en Italia para vengar a Severo y castigar la rebelión de los romanos. Sin embargo, Galerio se encontró con un clima completamente hostil, fortificado e inaccesible, y aunque logró llegar hasta la ciudad de Narni, a unas sesenta millas de Roma, no llegó a controlar la península. Obviamente, nadie le quería por allí.

Las sucesivas divisiones del poder imperial, de la fuente del dinero, condujeron a una situación totalmente inestable, porque ninguna de ellas era suficiente para mantener dignamente a las tropas que les apoyaban. Así, de aquí en adelante, se dará un proceso acumulación del poder imperial en base a descartar emperadores.

En el proceso, Constantino fue consciente del problema de la hiperinflación y de la ausencia de medios económicos para soslayarla. Se hizo construir su ciudad, Constantinopla, que resplandeció como en los viejos tiempos, mientras el resto del imperio agonizaba. Constantino, para hacer frente a la situación, tuvo que emprender la titánica tarea de cambiar los ideales clásicos del pensamiento grecorromano en otros fabricados al más rancio estilo populista: el cristianismo.

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